
“Todos nacemos locos. Algunos siguen siéndolo toda la vida”. No recuerdo quien dijo la frase. Tampoco importa. En un lugar de la razón nació una vez un hidalgo que fue sobre todo un loco para miles de sanchos...
Siempre pensaste que una gruesa línea separaba la realidad de los sueños, los pensamientos e ilusiones de la puta realidad. Por eso las mejores chicas se iban con otros, las mejores notas no iban en tu boletín y, por supuesto, las grandes finales las jugaban los demás. Tú sobrevivías en tu mediocridad ilusionada, asentada en miles de desilusiones y de repeticiones que marcaban una constante en tu vida. Realidad frente a deseo. Lo que querías y lo que pasaba. Tu vida necesitaba un loco hidalgo que llenara de ilusiones tu existencia. Ya lo dice el refrán: “el mal que no tiene cura, es locura”. Esa era tu relación la liturgia del balón. Tanto que, ante tanto Sancho Panza, tú repetías aquello de que “quien vive sin locura, no es tan cuerdo como parece”. Y a fuerza de esperar llegaste a conocer a un Quijote que te hizo realidad tus sueños de libros andantes. Era alto, delgado y con perilla. Quijotesco en el sentido puro. Apareció en tu vida con una volea. Después de cientos de minutos y de años te espera, aquella pierna izquierda te sacaba de la realidad y hacía cumplir tu viejo e idealizado sueño. Farolillos eternos. Había nacido el Quijote que te mandaba a la ínsula Barataria de una final europea en la que triunfarían tus amores rojiblancos.
Y como “quien con locura nace, con locura yace” tu sueño continuó gracias a aquel hidalgo, y lo que era un utopía se repitió hasta en cinco ocasiones.
Pero la puta realidad nunca le perdonó a aquel quijote que triunfara el reino de las ilusiones. Por eso mandó contra él a todas sus huestes. Y el primer partido de liga fue su troya particular, como aquel hidalgo de los libros. Realidad frente a ilusión, la muerte frente a la vida. El joven quijote luchó contra aquellos molinos hasta que pudo. Pero los gigantes suelen derrotar a los sueños. Y el hombre que amó a unos colores rojiblancos fue llevado al destierro de otros mundos. Aquí le lloramos muchos sanchos, pero quizás ese amor no es otra cosa que un ejemplo de sabiduría. Por eso has recordado otro refrán “Dichoso el humilde estado / del sabio que se retira / de aqueste mundo malvado / y con pobre mesa y casa / en el campo deleitoso / con sólo Dios se acompaña / y a solas su vida pasa / ni envidiado, ni envidioso.” Y te has consolado sabiendo que lo grandes partidos tienen un tiempo añadido. Un tiempo infinito para jugar en otros cielos. Un tiempo infinito para seguir creando ilusiones con una zurda...
Has sentido una gran pena, quizás en el fondo una gran envidia. Como escudero de tu tiempo, asentado en esa gordura que llaman realismo, querrías ser más de una vez Quijote. Como aquel zurdo que un día te llevó al reino de los cielos...
Vale.