
Sobre la barandilla del piso superior, el sujeto de aprendizaje X realizaba una conducta contraria a las normas de convivencia recogidas en el ROF, claramente sancionable con un apercibimiento de consideración discutible entre muy leve, tirando a moderada y ciertamente apercibible. La categoría no quedó muy clara en la última E.T.C.P., por lo que quedó relegada a un nuevo estudio y sometida a una comisión nombrada al efecto. Una acción poco integradora y bastante guarra. Vamos, que el alumno escupió grandioso gargajo desde las alturas, con peligrosas y negativas consecuencias para el resto de la comunidad educativa que transitaba por el piso inferior.
El docente, de Filosofía por más señas, se acercó con evidente enfado al sujeto de aprendizaje revestido de gorrita, varios gramos de oro en cadenas y anillos, chándal blanco y consabidas listitas negras. Harto de hacerle adaptaciones, recuperaciones y planificaciones le inquirió :
- “Niño: ¿qué has hecho?”
- “No he hecho ná”, respondió obtusamente el sujeto de aprendizaje.
- “¿Qué has hecho?”, volvió a inquirir el docente con insistencia evangélica.
- “Yo no he hecho ná...”, insistió el displicente con la consabida carencia de argumentos.
El profesor decidió acusar directamente:
- “¡Has escupido!”
- “¡Yo no he escupido!”, inquirió el diversificado alumno, negando la evidencia.
- “¡Tú has escupido!” volvió a repetir el abnegado profesor, cansado de aquella labor fiscalizadora propia de inspectores olvidatizas.
- “¡Yo no he escupido!”, volvió a repetir el alumno.
Envuelta en un grito de monumental enfado, la respuesta final del docente debió pasar a la memoria final de curso:
- “¡Pues si no has escupido... yo me cago en tu puta madre... pero no me he cagado en tu puta madre...”.
28 de enero. Santo Tomás de Aquino. Patrón de la educación. Cuando existía...