No sabía por qué, pero en aquel momento se le vino a la mente aquella aventura que quiso tener con quince años, cuando pensó en irse a las Américas. Quizás su vida hubiera sido otra.
- Una chiquillería -pensó camino de la vieja iglesia de la Magdalena. Ahora, con veintisiete años veía la vida de otra manera... Sobre todo enmarcada en juegos de diagonales, de perspectivas, de iconografías y de calidades. La suya era una edad para no andarse con tonterías. Por eso le insistieron tanto y, quizás por eso, aceptó el acontecimiento.
Llegó con tiempo a la iglesia. Tiempo para seguir pensando. Y, en medio de amistades y familiares, vio llegar a Beatriz. Sería el día o sería la ocasión. Sería el ambiente, qué sabía él... pero aquel día la contempló de otra manera. Quizás la fuerza de la costumbre y los años viéndola en la casa de su tío Tomás el platero le habían quitado perspectiva y enfoque. No podía evitarlo: el lenguaje de los pinceles quizás fuera el que mejor manejaba...pero delante del altar mayor y entre las oscuras capilla de la Magdalena Bartolomé creyó descubrir una nueva luz. Interior, como las de los buenos cuadros. Una belleza plena, como la de las obras bien terminadas. Y, sobre todo, una esperanza en un vida común. Cuando entregó anillos y pronunció las palabras de consentimiento, su imaginación voló llena de libertad. Se sumergió en un mundo de niños que juegan y de mayores jugando a ser niños, de celestes purísimos y de blancos inmaculados, de hogares y de callejones, de pícaros y de angelitos, de santos y de putas asomadas por las ventanas. Un mundo lleno de sonrisas, de ideales y de belleza. Tenía que existir. Como la fantasía. Si no, habría que crearlo.
26 de febrero de 1645. Campanas de boda. Un pintor llamado Bartolomé Esteban Murillo imaginó un mundo feliz.