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En el silencio hablan los rincones de la ciudad. En su soledad nos explican el pasado. En su quietud nos dan señales de vida.
Fue Sevilla ciudad musulmana más de quinientos años, y tuvo en época almohade una mezquita mayor. Su planta correspondía a la de la actual catedral, con un muro de piedra conocido como quibla, hacia donde se situaban los habitantes de Isbilia en su oraciones, oraciones fijadas en un punto común o lugar santo llamado mihrab que estaba orientado hacia el sur. El fiel musulmán de Al-Andalus rezaba siempre en esa oración y la aljama sevillana tenía su mihrab de piedra como lugar de concentración de las plegarias a Alá.
Llegó una conquista castellana. En el año 1248, las tropas de San Fernando toman una ciudad que pasó a ser cristiana. Dicen las crónicas musulmanas que el viejo mihrab de piedra lloró. Pero el edificio se mantuvo. Llegó un cambio de orientación: el cristiano miraría en sus rezos hacia el este. Ya en el siglo XV llegó una nueva catedral hecha por unos locos canónigos. Y en el nuevo mihrab se situó la gran devoción del sevillano de la Edad Moderna: la Virgen de la Antigua.
Un pintura mural gótica, de reflejos dorados e influencias italianas que nos hacen relacionarla con otras como la Virgen de Roca Amador en la parroquia de San Lorenzo o la Virgen del Coral en San Ildefonso. Una imagen que sobrevivió a todo, a los aderezos de Antón Pérez tal día como hoy de 1547 e incluso al traslado de sus muros en reformas posteriores.
Fue la devoción sevillana más universal. Tanto, que un tal Cristóbal Colón nombró con su título a su primer descubrimiento en América. Tanto, que se reprodujo por todos los rincones, llegando incluso a tierras japonesas, donde fue conocida como Nuestra Señora de Sevilla. Tanto que obispos, cardenales y genios de la música renacentista se enterraron a sus pies. Tanto, que se enmarcó en los mejores mármoles del siglo XVIII y en la mejor plata de la ciudad.
Entrar hoy a la capilla de la Virgen de la Antigua en la catedral supone reflexionar sobre un pasado cargado de historia. En tiempo de supersticiones ayuda a comprender al cristiano de siglos pasados. En tiempos del ojo por ojo y de fanatismo religioso permite comprender la grandeza de un recinto antaño sagrado para el musulmán.
En nuestros tiempos, tan cargados de lo superficial, no está de más recordar las palabras de Quevedo respecto a la imagen: “Aunque me miréis tan niña, soy más Antigua que el tiempo”.
Ojalá que con el tiempo, sólo con el tiempo, lleguemos a profundizar en el simbolismo que encierra nuestra ciudad.