
La tarde de enero era fría y lluviosa. Quizás nadie leería aquellos papeles hasta el día siguiente. Pero el alguacil cumplió con su rito siguiendo las reglas de su trabajo. Sacó una a una las cuartillas y las fue clavando sobre el viejo portón de madera. Eran las nuevas ordenanzas del cabildo sevillano en el año del Señor de 1783. Como un crucificado antiguo, cada papel recibió cuatro clavos y el frío de la tarde. Al día siguiente, los sevillanos pudieron leer las nuevas normas del Ayuntamiento:
“Que ningún vecino sea osado blasfemar, jurar echar votos de por vida y maldiciones, ni pronunciar palabras faltas del debido respeto y veneración a Dios Nuestro Señor…
Que ninguno viva amancebado, ni tenga comunicación con mujeres perdidas o escandalosas, ni menos sea alcahuete hechicero, embustero ni usurero…
Que no se cante en las calles, paseos, puestos públicos o privados coplas deshonestas y malsonantes, ni ofensivas a alguna comunidad o particular…
Que se guarden con exactitud los domingos y demás días festivos en que no se permite trabajar…
Que ningún vecino de esta ciudad pueda tener en sus tejados, azoteas, pretiles, mesa de balcones, tablas o barandillas, macetas y tiestos de flores y yerbas que con los vientos u otro accidental motivo puedan caer a la calle…
Que ninguna persona arroje a las calles y plazas aguas inmundas…
Se prohibe que anden por las calle toda clase de perros dañinos y feroces que puedan causar perjuicio al público…
Que ninguna persona de cualquier estado, calidad o condición que sea tenga en sus casa propias o alquiladas de esta ciudad o en sus barrio juegos de naipes, dados, cartera, morra, vivis ni otros juegos prohibidos…
Que no se junten en cuadrilla de día ni de noche para causar alboroto ni otras inquietudes que ofendan al sosiego público y de ningún modo después del toque de queda…
Que nadie sea osado a traer espada, ni desnuda ni de vaina abierta, ni estoque de cuatro esquinas…
Que nadie use armas cortas de fuego, ni de acero, ni dagas, ni cuchillos flamencos ni otro instrumento punzante…
Que ninguna persona ponga ni haga poner en las calles piedras, maderas obraje ni otros materiales que impidan el tráfico y el fácil tránsito…
Firma esta ordenanzas, a fin de que tengan la debida observancia, don Pedro López de Lorena”
Comentario: Aquel día de 1783 se prohibían los navajeros, los botelloneros que ensuciaban calles, los que no dejaban andar por la calle, los escandalosos, los blasfemos, los que insultaban las creencias de los demás, los matones, los puteros, los estafadores que echaban cartas, los que no cuidaban su casa ni cuidaban su ciudad…
Tres siglos más tarde seguimos liados con nuevas ordenanzas. Qué bueno sería que esta ciudad supiera algo de historia…






























