
El miedo tomo la ciudad el día 24 de enero de 1810. No llegaban buenas noticias. Dos días antes, las tropas del ejército francés habían tomado Córdoba. Pero lo que ocurrió el día antes aumentó los miedos de la población. Los frailes del convento de capuchino abandonaban la ciudad. Miedo entres sus hermanos. Y con ellos se iba de Sevilla la mayor colección de cuadros de Murillo que todavía quedaban juntos: San Francisco, la Porciúncula, Santa Justa y Rufina, El Nacimiento, la Adoración de los Pastores, Santo Tomás de Villanueva... todos se embarcaron con prisa para huir de los invasores franceses. Cuentan algunos que hubo algún fraile que lloraba amargamente cuando veía a su Virgen de la Servilleta allí metida en un cajón. Pensaba que no volvería a verlos en su ciudad. Pero como los milagros existen, después de pasar por la Catedral , por Gibraltar y por muchas manos , los cuadros volvieron.
Pero aquel día de enero de 1810 nadie sabía si volvería. Y eran muchos los que se embarcaban huyendo de los franceses sin saber adónde ir. Hermandades y cofradías con siglos de historia sacaban con miedo las joyas acumuladas durante muchos siglos. Dicen los cronistas de la época que en la ciudad estuvo dominada por un silencio pavoroso. Un silencio que en el puerto se volvió conventual. Monjas franciscanas, agustinas, cistercienses, dominicas... Salían de la ciudad con lo puesto, con un permiso especial para salir de la clausura, dejando atrás conventos con siglos de historia. Aunque el silencio era su norma, hubo algunas que comentaron entre sí el miedo por la llegada de los franceses. No se podían imaginar que sus conventos se transformarían en cuarteles, sus iglesias en establos, sus obras de arte en madera para quemar por la barbarie. Aún peor, las monjas de la Encarnación no sabían que su casa sería derribada, los franciscanos no sabían que su convento sería quemado, los vecinos de Santa Cruz no sabían que su parroquia desaparecería para siempre... En medio de aquel silencio pavoroso, la Junta Central, el último reducto del gobierno español, huyó en secreto de madrugada, dejando a la ciudad abandonada a su suerte. Cuando el pueblo se dio cuenta de este abandono salió a la calle al grito de ¡Mueran los franceses! Y ¡Viva el Rey!. Buscaron armas, buscaron políticos dirigentes que dieran la talla, buscaron dignidad para defender la ciudad. Encontraron poco. Una semana más tarde Sevilla sería entregada a los franceses.
Aquel día de enero de 1810 esos que llaman clase política dejaron abandonada la ciudad. Sólo el pueblo estuvo a la altura de la circunstancias. Una historia que se repite. Demasiadas veces...






























