14.7.15

VERANO




“Ocio maravilloso, gracias al cual pudiste vivir tu tiempo, el momento entonces presente, entero y sin remordimientos”.
(Luis Cernuda)

Así es y así será. Cuando junio llega, busca la hoz y limpia la era. Tiempo presente y tiempo futuro. Junio de hoz revolucionaria que pide acabar con todo lo anterior y dar paso a un tiempo nuevo. Tiempo de libertad que guía a un pueblo que odia las ataduras: por eso se muestra un pecho a la concurrencia, que la ciudad es una república independiente que cree en un tiempo sin ataduras. Esto es Sevilla  y aquí hay que mamar… no se sabe qué tipo de leche.
En julio, llueva o no llueva, el segador siega. Llueva o ventee. Haga sol o no. Salga el sol por Antequera. O no salga. La segadora siega. Comunista libertaria que se libró de sus ataduras. Ella sabe que, haga el tiempo que Cronos disponga, ella sacará frutos. Segará. Cortará. Como Judith o como Dalila. Tardes de julio abrasador, de ánimas benditas, de vírgenes del Carmen que protegen a los que se abrasan en el purgatorio de azulejos turísticos.  La naturaleza quedará amputada de sus frutos porque ella los recogerá en tardes eternas de siestas y de soles abrasadores. Así es ella: saber sacar fruto incluso de dónde no lo hay.
En agosto, miel y mosto. Cal y sombra. Muro y transparencia. Eternidad y levedad de un instante. Monotonía de tardes abrasadoras e infinito de un horizonte que se pierde entre recuerdos y deseos. Todo se pasará y todo se mudará, pero la paciencia, todo lo alcanza. Recolectados los frutos, es el mes sin fin ni finalidades, la desnudez de la pasión entendida como un fuego eterno, el contraste entre el agua de la fuente que hace llorar lágrimas de agua y la piedra que Brackembury entendió como sustituto de la antigua Pasarela de la ciudad. Ella es dulzura y es amargura, puede tener un Dulce Nombre y una amargura de tiempo de Pasión. Así es la mujer sevillana, la dama local que tiene mayor revestimiento universal. 
Septiembre, o lleva los puentes o seca las fuentes. O todo o nada. Definición del eterno femenino. O estás conmigo o estás contra mí. Ella no vino a traer paz sino espadas. Septiembre es mes de vendimias, de vuelta a la monotonía tras los cristales y de recolección de frutos. La ciudad vuelve a ser la que era. O no. Que el verano tiene un marchamo de libertad, de desnudez, de eterno presente que no mira al futuro, de pecho erecto al aire al que no le importa su desnudez, de inconsistencia al saber que los días han vencido a las noches, que el Sol venció a la Luna, que la pasión venció a la razón, que el horizonte se deformó por la ilusión o por el calor, quién sabe; que el tiempo no existe, que la realidad tampoco, que todo cabe en un pecho desnudo que mira descaradamente al presente, libre, libertario, guiando a un pueblo del que es santo y seña, orgullo y símbolo. Tendrá determinante masculino, pero ¿alguien duda que el verano también es femenino?

17.6.15

MUÑECA



He sido una muñeca grande en tu casa, como fui muñeca en casa de papá. Cita de una casa de muñecas para definir lo que siempre quise ser. Quizás lo que fui. Lo que quizás nunca nadie alcance a entender…
Le he dado nombre a una estancia del palacio, un alcázar de reyes que tiene un rincón para mí. Desde hace siglos. Rodrigo Caro ya proclamaba mi nombre en el siglo XVII y me colocaba entre los meninos y los niños que alegraban este rincón de la casa. Un rostro de niña en un territorio de mayores. Unos rasgos humanos en el arranque de un arco de herradura de posible origen musulmán. O mudéjar, qué más da. Demasiada provocación. Cuando me señalan los guías turísticos intentan explicar mi origen en miles de idiomas: capricho de alarifes mudéjares, invención del Renacimiento, reinvención romántica… qué se yo. Nadie alcanza a explicar la sencillez de mis líneas ni la delicadeza de mi rostro de yeso, tan frágil como el viento o como las muñecas que me inspiraron. Sólo la Emperatriz lo sabe. Ella que sintió el amor entre estas cuatro paredes, la de un César que alguien comparó con el mismo Dios. Ella que se sintió mujer en estos muros pero que siempre guardó un recuerdo para la vieja colección de su esposo, la de esos relojes y muñecas holandeses que gustaba contemplar. Eran metáfora del tiempo, muñecas sin tiempo y relojes que demostraban que la vida nunca para, ni el tiempo vuelve atrás la anciana cara, la maldita herencia barroca que la ciudad se tatuó en sus tuétanos. Por eso se colocó aquí. La emperatriz más bella que vieron los tiempos, el rostro dibujado por Tiziano, convertido en una vulgar caricatura infantil. Ese es mi secreto. Perduro como reina en los grandes lienzos de Tiziano pero vivo como eterna niña en este rincón del Alcázar. Nadie lo entiende. Todos me señalan. A todos contemplo. Pueden volver año tras año, pero yo sigo siendo la misma niña, la que quiso quedarse garabateada entre los muros de un palacio. Eternamente niña. Eternamente esperanzada. Aunque no suenen los relojes que marcarán mi libertad. Turistas de todo el mundo me señalan. Su rumor es mi vida. Su silencio, mi condena. Aquí espero sin saber lo que espero. Sólo sé que un día decidí parar aquí mi tiempo. Volver al territorio eterno de la infancia. Donde no se tiene miedo a nada y se teme todo. Donde una muñeca de un rincón del Alcázar escuchó un día una canción que no era de cuna…
No tengo miedo al fuego eterno, tampoco a sus cuentos amargos, pero el silencio es algo frío, y mis inviernos son muy largos, y a tu regreso estaré lejos, entre los versos de algún tango, porque este corazón sincero, murió en su muñeca de trapo…

12.6.15

SUSONA

LA SUSONA
«Dios le castigó, poniéndole en manos de una mujer.»
                                               (Libro de Judit, 16, Cap. VII)

Mira que has de morir, mira que no sabes cuándo… Es un lema de vanitas barroca pero parece susurrarlo  una calavera  del barrio de Santa Cruz. Y tiene origen medieval.
Fines del siglo XV. Existía la comunidad judía en Sevilla, muy diezmada por el asalto al viejo barrio de san Bartolomé en 1391. Desde entonces, la diáspora interna y los deseos de volver a recuperar el control financiero de la ciudad latían entre algunos de los miembros de la comunidad. En este contexto se produjo un complot de la minoría judía dirigido por Diego Susón, aparentemente un cristiano, con el estigma de la duda en su conversión. Bajo su techo vivía su hija Susana, conocida como la “fermosa hembra”, bella mujer que mantenía relaciones con un caballero cristiano de las élites dirigentes de la ciudad. Aquí se entremezclan las historias: temerosa de que el complot pudiera afectar a su amado, Susana denunció la conspiración, con el terrible resultado de la detención y muerte de los participantes, incluido su padre. Nombres principales de la ciudad, como el mayordomo de la ciudad o el letrado Manuel Saulí y hasta un total de veinte personajes que fueron ahorcados en Tablada por orden de Diego de Merlo, el asistente de la ciudad que pasaría a la historia por construir el templete de la Cruz del Campo. Consumado el horror, la posterior historia de Susana difiere, nada nuevo bajo el sol, según las fuentes. Unos hablan del perdón otorgado por un obispo, que logra su conversión y su entrada en un convento, y otros refieren un complicado desenlace que incluye dos hijos ilegítimos de fruto de sus amores con otro obispo. Sea cual fuere la historia verdadera, sí parecen ciertas las disposiciones de su testamento, leído tras su muerte:   “Y para que sirva de ejemplo a los jóvenes en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto separen mi cabeza de mi cuerpo y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás”. Allí estuvo su calavera durante más de un siglo. Pura vanitas barroca un siglo y medio antes de Miguel de Mañara. Fue calle de la Muerte, hoy Susona, junto a la calle de la Vida, que una simple esquina puede separar ambas… Susana Ben Susón.  No queda la macabra calavera pero sí un azulejo que la recuerda. En las tardes de calor veraniego parece oler a descomposición, mientras susurra el conocido soneto de Lope de Vega:

Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que mirándola detuvo.

Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan helados besos,
aquí los ojos de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.

Aquí la estimativa en que tenía
el principio de todo el movimiento,
aquí de las potencias la armonía.

¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!,
¿dónde tan alta presunción vivía,
desprecian los gusanos aposento?

2.6.15

PALA ATENEA



Del salón en el ángulo oscuro
De su dueña tal vez olvidada
Silenciosa y cubierta de polvo…
(Bécquer)

Del Mudéjar al Renacimiento. Un patio y una fuente. Dos miradas diferentes para una diosa verdadera. Cada una en un ángulo. Viendo la vida pasar desde dos perspectivas diferentes. Una porta todos sus atributos, escudo, casco y lanza, y otra está despojada de lo que fue postizo, quizás hasta sus propios brazos. Posiblemente un símbolo del tópico de la dualidad en la ciudad de las mil caras. Pala Atenea en dos ángulos de la Casa de Pilatos. Dicen que una puede ser del gran Fidias y que la otra es copia de taller, curiosa catalogación en una urbe en la que los alumnos suelen superar a sus maestros. Diosa de la guerra, de la civilización, de las artes, de la sabiduría, de la estrategia… Diosa de la habilidad, algo muy sevillano: estar en dos lugares diferentes pero en el mismo sitio al fin y al cabo. Como la mayoría de las pocas cosas que en el mundo importan, sus orígenes fueron difíciles: una hija partenogenética de Zeus, Dios de dioses, un nacimiento en el que Atenea nació completamente armada de la frente de su padre, después de haberse tragado a su madre. Un trauma. Como el de la ciudad de los traumas. Una diosa que jamás se casó ni tuvo amantes, una virginidad perpetua en la ciudad de las vírgenes. Incansable luchadora, ni el mismísimo Marte fue capaz de vencerla. Atenea la pensativa, la de los dos ángulos, está resguardada por miles de miradas. Hasta cuarenta y ocho ojos hay a sus espaldas, galería sin fin, los de bustos romanos y españoles, los ojos de Trajano y los de Tiberio, los de Cicerón y los de Carlos V, los de Vespasiano y los de Calígula, los de Aníbal o los de Escipión el Africano.  Ojos para el patio de un Pilatos que nunca estuvo en Sevilla, aunque tuvo quien le rindiera culto como creador de la Semana Santa… Ojos de Pala Atenea que miran al Dios Jano de la fuente central, el de las dos caras, paz y guerra, pasado y futuro. Es difícil encontrar un lugar donde se concentren más metáforas de la ciudad, más metáforas de la vida. Ojos para un patio que vieron el rodaje de Lawrence de Arabia, de La conquista del paraíso o de El Reino de los cielos. También de Knight and Day. Ya pasó el tiempo de los caballeros.  En un paraíso de arte y de historia, de azulejos y de mármoles, la Diosa de la inteligencia se permite el placer de mirar a la vida desde dos ángulos, principio y final, frontal y trasero, lado bueno y lado oscuro, permitido y prohibido. Cernudiana existencia: ya dijo el poeta que los placeres prohibidos son los mejores…

26.5.15

AMOR




Yo sé por qué sonríes
y lloras a la vez;
yo penetro en los senos misteriosos
de tu alma de mujer.

Yo no sé himnos gigantes ni extraños, ni encuentro rincones olvidados en mi corazón, ni he sabido clavar mi pupila en tu pupila azul, o verde, o cielo o infierno. Yo, como el tonto de la película que sólo decía tonterías, puede que sea un alma inconsistente que repite los datos de un monumento de mármoles y de bronces, frialdades contrapuestas bajo un taxodio que nos da sombra eterna, del patrocinio de dos hermanos, los Álvarez Quintero, que tuvieron la iniciativa que tantas veces anhelé; de la obra de un marchenero inmortal que colocó a la Inmaculada triunfante junto a la luna que se asoma por los flameros de la Catedral, del Romanticismo de un poeta con capa española llevada al bronce desde el lienzo del museo o desde los antiguos billetes de veinte duros, que más da, si eternamente escucho las monsergas de los guías que explican que eres una y trina, como los que beben el agua velazqueña o como el mismo Dios que un día me marcó con unas alas de Ícaro pensadas para derretirse por la Pasión, y caer, sí, caer, a tu a tus pies de diosa, ya te llames  Aglaya, Eufrosine o Talía; que quizás contengas en tus caras a la belleza, al hechizo y a la alegría, tres gracias de la belleza que pueden ser la eterna desgracia,  sabes que es Trinidad que algunos ven como  tres estados infranqueables, mortales sometidos como están a los tiempos terrenos, que si tu estado es de presentimiento o espera, que si es de plenitud, que si es de nostalgia por lo que pasó, qué sabe nadie, si sólo yo entiendo tus miradas al cielo, al suelo o al infierno del que está a tu lado; que el dardo de mi pasión lo lancé al centro de tu costado y que, ángel eternamente caído y maldito, falló mi puntería para castigarme con tu nada, convirtiéndome en estatua de bronce salado eternamente caído a tus pies, para que el maldito poeta me maldijera con el poema que me azota colándose por las rendijas de este taxodio que nos cobija hace más de un siglo 

Me ha herido recatándose en las sombras,
sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello y por la espalda
partióme a sangre fría el corazón

Corazón que todavía lo vuelve a intentar buscando romper la frialdad de tu mármol, que la ciudad me sigue demandando la vida que se me desparrama por estos escalones de mármoles con fríos de noviembre, que la existencia o es amor o no es nada, que tonto será el que haga tonterías, pero yo, al Dios maldito que me puso alas pongo por testigo, ya sé lo que es el amor, aunque choque con tantos mármoles y tantos estados, y que este tonto solemne de película aquí caído sólo pide esa mirada que una el mundo de nuestras pasiones, esa sonrisa que nos haga cómplices en cielos inalcanzables y ese beso, sí ese beso, que susurre por los rincones del parque las palabras que otro poeta cinceló en viento: En un beso, sabrás todo lo que he callado.

21.5.15

LA NIÑA DE LOS PEINES




Nadie cantó como ella la letra del viejo tango “peinate tú con mis peines...”. Nadie la conoció por su nombre, Pastora Pavón Cruz, eterna niña y eterno símbolo del cante de la ciudad.
         Había nacido en febrero del año 1890, en el número 19 de la calle Butrón. Muchos eran los que cantaban en su casa, como sus hermanos Tomás y Arturo, aunque ninguno de ellos hizo del cante su profesión. A los nueve años ya se oía su voz, la voz de la necesidad, en la Taberna de Ceferino, un local de la Puerta Osario. De allí pasó a Madrid, un destino forzoso para triunfar en la España de comienzos del siglo XX. Los éxitos llegaron en el café del Brillante, actuando posteriormente en Bilbao, en una temporada que se alargó acompañada por el éxito. Eran los primeros triunfos de una larga lista: los cafés cantantes de Sevilla, el Circo Price de Madrid, el palacio de Carlos V... Toda una variedad de lugares que demuestran la variedad y la complejidad del flamenco de la España de comienzos de siglo: del café al circo pasando por el palacio. Junto a ella estuvieron los más grandes: Pepe Marchena, Imperio Argentina, Manolo Caracol. Y Pastora Pavón recorriendo mil y un lugares con una voz que la colocaba como la primera dama del flamenco español de la época, unos años que dominaron las voces masculinas de Chacón y de Torre.
         Mujer de su tiempo, fue amiga de Manuel de Falla, de Federico García Lorca y de Julio Romero de Torres, que llegó a pintarla en uno de sus cuadros. Y como buena flamenca, entroncó con otro palo lleno de arte al casarse con Pepe Pinto en 1949. Desde entonces compartieron carteles triunfantes como anticipo de su retirada. Cuentan que Pastora Pavón lo cantaba todo: soleares, siguiriyas, tientos fandangos, malagueñas... pero sobre todo peteneras, tangos y bulerías lorqueñas.
Una larga vida de arte tuvo una muerte de arte. En 1969 fallecía su marido Pepe Pinto. Unas semanas después lo acompañaba ella, una Niña de los Peines que llegó a verse representada en el monumento de su Alameda que hizo Antonio Illanes. Fue un año antes, a finales de 1968 y en aquel homenaje hubo poesía y sobre todo cante: el de Naranjito de Triana, el de Caballero y el de su marido Pepe Pinto. Desde entonces, en el norte de la Alameda, más acompañada en nuestros días, nos sigue mirando con su pose flamenca, con su mantoncillo y con los peines que le dieron nombre. En 1999 la Consejería de Cultura consideró bien de Interés Cultural todos sus registros sonoros, siendo la primera voz convertida en patrimonio. Algunos viejos del lugar sonríen al preguntarse si ese patrimonio incluiría sus famosas broncas con Pepe Pinto, con unas voces que se oían hasta en el último rincón de la Alameda…

14.4.15

LAS LOCAS DEL VOLANTE



Por primera vez, conducían ellas. Ya era hora. Aquel año 1924, en Sevilla se fundaba la hermandad de los Estudiantes; en Madrid, Primo de Rivera eliminaba el parlamento y en Europa Lenin daba nombre a la antigua ciudad de Petrogrado. De Pedro a Vladimir. De Sevilla a París. Vestidas con la moda de la época fueron retratadas por Enrique Orce, el creador de toda una estética en los azulejos de la Plaza de España. La ciudad se ponía coqueta para la Exposición Iberoamericana y las mujeres miraban a la capital del Sena para quitarse definitivamente el rancio aroma de provincias. Moda parisina. En la Feria y en un azulejo para vender una marca de coches, el Studebaker, con sus seis cilindros anunciados. Fueron retratadas para situarse en la entrada a un conocido local de la época, el Sport, bar y centro de numerosas  tertulias de la época, dirigido por el conocido Pepe “el del Sport”. Fue Vicente Aceña, delegado comercial de de la marca de coches, el promotor de la obra, un gran lienzo de azulejos de casi cinco metros pintados con la técnica del aguarrás en la fábrica de Viuda e Hijas de Manuel Ramos Rejano. Un retrato de una época. España bajo lo que algunos llamaron una dictablanda. El mundo viviendo los llamados felices 20. Mujeres que acortaron su falda, que fumaron y que recortaron su pelo a lo garçon. Faltaba una década para que pudieran votar como los hombres pero ya conducían coches de seis cilindros seis, como las mejores tardes de toros. Pamelas y estolas de visón para unas mujeres que se comían el mundo el año que Coco Chanel lanzaba su primera colección de cosméticos. Libres e independientes, jóvenes y despreocupadas, paseaban por un imaginario jardín en el que aparecía la célebre estatua del Pensador de Rodin. Otra influencia parisina que aquí no triunfó en la hermandad de las Cigarreras. Una de las chicas lo señala y parece explicar la lección correspondiente. El pensamiento y la reflexión son la base de la libertad, que no es masculina sino femenina. Poco importaba que, durante mucho tiempo, en la antigua calle de los Colcheros, hoy Tetuán, la dirección de los coches fuera la contraria a la de este Studebaker de seis cilindros. Sus conductoras ya sabían que iban en contramano. Hoy siguen provocando todavía más: la calle es peatonal. Alguien las llamó en sus orígenes las locas del volante. Símbolo de toda una época. Fueron retratadas en 1924, el año en que se fundaba  la Metro-Goldwyn-Mayer, como resultado de la fusión de Metro Pictures, Goldwyn Pictures y Louis B. Mayer. Tiempos de cine en blanco y negro. En la calle Tetuán, un grupo de cinco mujeres empezaban a vivir un guión propio.

17.3.15

LA INFANTA MARÍA LUISA




Yo te he nombrado reina…

Ser o no ser, siempre es esa la cuestión. La reina o la infanta, la sucesora o la aspirante, la primogénita o la segundona que se conforma con el hueco que los demás dejan en las noticias. Fuiste la segunda hija de Fernando VII, un rey llamado Deseado que no lo fue y hermana de una reina que, como su alteza, unos quisieron reina y otros quisieron nada. Entre el todo y la nada. Esa, señora, fue su vida desde su nacimiento en el Palacio Real en  1832, hija de una regente, María Cristina, que no fue reina y eterna hermana a la sombra de Isabel, la que un día desterró una revolución que llamaron Gloriosa. Juntas os casasteis en 1848, su hermana con un primo lejano que tenía tan poca varonía como ambición tenía el que fue vuestro marido, Antonio de Orleans, juntos seríais los nuevos Duques de Montpensier que convirtieron Sevilla en una corte a la sombra, otra vez la sombra, con azules franceses y flores de lis que se desparramaron por las rejas de vuestro palacio de San Telmo y por los bordados de las cofradías más románticas de la ciudad. Hasta nueve embarazos le concedió el Altísimo, unos fueron y otros no, algunos llegaron a infante como Antonio o María Isabel, a otros se los llevó la tuberculosis, Amalia y Cristina; la  viruela se llevó a Fernando y a Mercedes, María de las Mercedes, la dalia que cuidó Sevilla, la rosa más sevillana, el tifus se la llevó, ay la copla, fuera de tus redes, de la noche a la mañana. Quizás allí murió la última de tus debilidades, el trono ya había desaparecido del horizonte con el maldito duelo en el que el Duque, ay don Antonio, mató a todo un infante, adiós al trono, adiós Mercedes, adiós poco a poco a tus hijos, adiós a la ambición de reinar de vuestro esposo que os dejó viuda en 1890. Eran tiempos de Restauración. Y su Alteza, grande hasta la muerte, tuvo la grandeza de donar, tres años después, el jardín de su palacio a la ciudad. El parque de la ciudad, desde entonces lleva vuestro nombre. Qué menos. Años de rendir tributo a la ciudad con las esculturas de Susillo en la fachada de palacio, al final, Señora, no le hizo el monumento que merecía, y años de despedida. Llegó la muerte oficial en 1897 pero en el pueblo, no lo dude Alteza, permanecerá siempre viva. Su monumento de Pérez Comendador en la Exposición de 1929 cambió de sitio y fue reproducido en bronce, ser o no ser de nuevo, el original respirando el aire marino de Sanlúcar de Barrameda y la copia oliendo el aroma de las flores y cobijada por un ombú o zapote, una morera blanca y un almez.  Flores y plantas para contemplar, ensimismada como tu ciudad adoptiva, las flores que se os murieron en vida. Son la vida que os mantiene en la eternidad de la ciudad. Rincón recogido de vuestro y nuestro parque, medido, con la medida perfecta de la hermosura que no se marchita. Porque, lo dijo Neruda,

Hay más altas que tú, más altas.
Hay más puras que tú, más puras.
Hay más bellas que tú, hay más bellas.
Pero tú eres la reina.

9.3.15

LUISA ROLDÁN



Ángeles malos o buenos,
que no sé,
te arrojaron en mi alma.
Sola,
sin muebles y sin alcobas,
deshabitada.

(Rafael Alberti)

En la pila de Santa Marina, aquel día de septiembre de 1652, bajo aquella bóveda de ladrillos geométricos de los cielos que poco viviste, eras la hija de Teresa y de Pedro. De Pedro Roldán, que hay apellidos que acaban revistiendo hasta el último de nuestros poros: una sangre con aroma a maderas perfiladas con gubias y escofinas por el gran maestro escultor. Pronto compartiste su pasión por el modelado, de la idea al trazo, del trazo al barro, del barro a la madera, de la materia al espíritu. Arte y creación primero en el taller de la calle de la Muela y luego en la collación de San Marcos. Allí conociste a Luis Antonio de los Arcos, nunca sabrás si el ángel bueno o malo que acabó raptando tu corazón. Como en el mito de Europa, también raptó tu cuerpo, con una escapada contra la voluntad de tu padre y una boda en secreto que sólo tu pasión podía justificar. Amor encendido fuera de toda lógica. Quizás el hombre menos indicado.  A quién le importaba… Luego llegó el traslado al barrio de San Vicente, en su parroquia se bautizaron y se enterraron tus cuatro primeros hijos, ángeles de los números, del 1 al 2, del 2 al 3, del 3 al 4… En 1687 marchaste a Cádiz, quizás como en el poema,  sola, en provincias de arena y de viento,  sin hombre, cautiva. Allí salieron de tus manos algunas de tus mejores imágenes, el Ecce Homo o los santos patronos. Parecía que tu carrera se encumbraría en Madrid: el título de escultora de Cámara del rey Carlos II o de Felipe V fue un papel mojado que apenas te permitía insinuar a los cuatro vientos que llegaste a pasar hambre, que tu marido moría y moría tu pasión,  que los pagos no llegaban, que el arte se escribía con minúsculas cuando acababa menospreciado… Puedo contarte que no es así. Tu obra, esparcida como en una cascada de serafines y querubines por todo el país, lo demuestra. Nacimientos de barro en Madrid, santos de Cádiz, el Nazareno que iba destinado al Papa y que hoy conmueve a las monjas de Sisante, la Dolorosa que mira al infinito en Puerto Real… Dime que te consuela saber que ya empiezan a reconocer tu delicadeza en el rostro de porcelana de la Virgen de la Estrella, que ven tu maternidad en las manos de la Virgen del convento de la calle Águilas, que ven tu arte en la Virgen con el Niño, barro eres y en barro te convertirás, que esconde el convento de las Teresas… Dime si en los ángeles del paso de los Caballos no están representadas las tenazas que intentaron amordazarte, los clavos que intentaron clavarte, las escaleras con las que quisieron alcanzarte… Avanzada a tu tiempo, muerta en el lejano Madrid de 1704, madre, mujer y artista, lejana tu casa, acompañada en tu vida por cohorte celestiales que hicieron de tu existencia un molde barroco de luces y sombras…
Te pregunto:
¿cuándo abandonas la casa,
dime,
qué ángeles malos, crueles,
quieren de nuevo alquilarla?
Dímelo.

24.2.15

DIANA



DIANA

…Y la luna copiaba en su mármol
nombres viejos y cintas ajadas…
                        (Federico García Lorca)

Más de mil quinientos años bajo tierra. Algunos metros bajo el suelo. Puede parecer el título de una serie de éxito pero se aplica a la que fue la más famosa de las cazadoras. Tuvo una larga noche, otro título de película de Robert Mitchum, bajo el olvido de una tierra que conoció muchas culturas y una gran incultura. Tiempo para recordar que fue Diosa y Virgen en tierra de vírgenes, que protegió a la naturaleza y que llegó a suplantar a la Luna, un cielo protector que se anticipaba en siglos a Bertolucci. Romana con antecedente en la Artemisa griega, no fue hija de un Dios menor: Júpiter fue su padre junto a Latona y cuentan que, al oír los gritos de un parto de su madre, hizo renuncia solemne al matrimonio, protagonizando junto a su hermana Minerva una curiosa película de vírgenes casi suicidas, de la que se defendieron con el arco y las flechas que les proporcionó su padre. Junto a las ninfas, fue reina y señora de los bosques (los geógrafos del bosque no habían conocido la selva). Cuentan que era cruel y vengativa, una loba de mirada perdida con horizontes en blanco y negro, nacida libre y camino a la perdición para todas aquellas ninfas que osaran quedar embarazadas: Calisto llegó a ser transformada en una osa. Más.  La osadía de Acteón quedó sin perdón: la vio bañarse en un estanque dorado y la venganza fue sonada. El pastor fue convertido en perro y devorado por sus perros bajo un hechizo de luna mortal… Así fue Diana. Nunca existió su edad de la inocencia. Siempre prevaleció su sed de mal. Nunca, aunque se enamorara platónicamente del pastor Endimión, llegó a aparecer su hombre tranquilo. Una psicosis eterna que se hizo mármol blanco de Paros en Itálica, y que pasó del Olimpo al peor crepúsculo de los Dioses. Siglos enterrada bajo tierra en el mayor de los olvidos. Cuando fue descubierta en el siglo XX  y trasladada al museo se echó en falta su lanza, perdida de aquí a la eternidad, aunque conserva la piel que debió habitar un carnero que cuelga de una de sus manos. Tuvo la elección de no cortarse un pecho para emplear el arco, algo que sí hacían otras ninfas del campo y algunas estrellas de cine de siglos posteriores. Cuenta el catálogo del museo que su nombre significa la diosa del día. Una larga jornada que puede parecer una eternidad. En lo que queda de su eterno día sigue manteniendo la frialdad de un amante en el círculo polar. Es Diana. No se puede negar su vida de película.

17.2.15

AMARGURA



AMARGURA
«¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!» (Lc 2,35)

La tarde del Domingo huele a infancia repeinada, a tiempo nuevo y antiguo, a castañas de la cabalgata de reyes y a ropa intacta esperando su alternativa en la gran plaza de la ciudad. Una palma centenaria vuelve a escuchar un lamento de siglos de la que perdió a un hijo, del que perdió a una madre, del que perdió la vivienda, del que perdió la dignidad… Lamentos y oraciones calladas, miradas perdidas concentradas en el  trapecio irregular del escenario que se estrecha en el extremo de su existencia, como la vida misma, junto al azulejo que recuerda el dolor y bajo el rótulo que permite al Evangelista gritar su historia por muros de albero y almagra. Huele a una ciudad almidonada, como el blanco de las novias, de moñas de jazmines de viejas limpias y de azahares recién estrenados, blanco de batas que saben sanar porque llevan en su pecho la cruz roja de la pasión y de la compasión, blanco de silencios conventuales que llevan una cuarentena viviendo vísperas y completas en un mismo rezo, blanco luminoso de cera tiniebla que alumbra la tiniebla de una tarde que no quiere ser noche para no dar fin al más hermoso de los días. Y sale Ella. Bajo el dolor granate de un paso de palio, escoltada por ángeles de plata y consolada sin consuelo. Hija de Sión. Hija de la ciudad. Decían los griegos que la amargura provenía de la idea de punzar, un concepto que aludía a una carga, algo fuerte y pesado que llega hasta lo más profundo del corazón. Sólo una madre que perdió a su hijo lo puede entender. Si la muerte hay que mirarla cara a cara, la muerte del Justo obliga a perder la mirada por los rincones de San Juan de la Palma. Trae en su mirada la vieja profecía de Simeón y la pérdida en el templo, la madera dolorida de San Julián y de la Feria estrecha, el reflejo del fuego que achicharró sus manos y del dolor que carbonizó su alma, el miedo de la que fue oculta en un cajón huyendo del holocausto judío de siglos y el dolor de una espada de plata que atraviesa su corazón, el peso de una corona de oro y el peso de los lamentos de la tarde, la memoria de rezos de siglos y la memoria de las putas tristes que le pedían consuelo frente a las amarguras cotidianas; consuelo que da Ella, la de la mirada de locuras incomprensibles, de escultor suicida que le regaló manos nuevas de estreno, nueva vida de manos del que se acabaría quitando la suya, así es el dolor, intenso, perdido, sentido, duro pero contenido, desconsolado pero elegante. A la ciudad se le encoge el alma y se reviste de Juanillo el de la Palma, y le cuenta chascarrillos de la Plaza de la Feria, y le indica el camino al dolor y Ella enfila hacia la Esperanza, hacia el arco, que tras el portón y el arco está la felicidad, aunque ahora combata con la amargura, como combaten la tarde y la noche, como combaten los reflejos de candelabros de plata por mantener su vida, in Ictu Oculi, que la Hija de la Ciudad sale a la calle y es lamento y es consuelo, es domingo que nace pero que ya muere, es vida y muerte, Alfa y Omega que se hace estreno en una Semana que empieza a morir mientras un caballerito con bigote indica el camino. El dolor más fuerte se ha hecho mujer y ha salido a estrenar el consuelo de las otras hijas de la ciudad. Es Domingo. De Ramos. El que no estrena no tiene manos: esta es la Amargura. 

2.12.14

MARÍA CORONEL



         Un año más he ido a verte. Un año me he envuelto de silencio en el  convento de Santa Inés para ver tu rostro quemado. Un año más me he acordado de ti, María. Podrías naufragar en el anonimato pero la ciudad te puso una calle de Domingo de Ramos con nazarenos blancos.
         A través de la reja he visto tu rostro. El de tu historia. Naciste en Sevilla en 1334. Tu padre fue un personaje muy conocido, Alonso Fernández Coronel, alguacil de Sevilla. Te casaste muy joven, con algo más de quince años, con un descendiente de Fernando III, don Juan de la Cerda. Parecías encaminada al triunfo en la vida aunque la vida acabó enseñándote su peor rostro. Te tocó vivir una época de lucha por el poder, una guerra civil por el trono de Castilla. No estuviste en el bando ganador. Tu padre fue decapitado por orden de Pedro I el Justiciero, eso será para otros, que para ti siempre será el más el Cruel. Lo mismo ocurrió con tu esposo, Juan, otro que se equivocó de bando. Corría el siglo XIV, un tiempo de calvario para las que se quedaban viudas. Que te lo digan a ti, que perdiste tus posesiones, tus tierras, tu rostro, tu todo.
         Un día de diciembre ha regresado tu historia a mi presente. Al pasar por la iglesia de San Pedro y el monasterio de clarisas. Al oler a perejil y a bollitos de Santa Inés. Al verte vestida de monja, un año más; con el rostro quemado y las manos sobre tu pecho, a través de la reja, encerrada en una urna. He recordado que el rey Pedro se fijó en ti, y tu refugio en el convento de Santa Clara, donde pensaste alcanzar la felicidad junto a la torre de  don Fadrique.  Te sentías una mujer acosada, en un lugar al que acabó llegando el rey como una furia para buscarte. Tenías que ser suya. Las monjas te metieron en un agujero. Y se hizo el milagro. Rápidamente brotó peregil y el maldito bastardo no te encontró. Ese día pensante que tus pesadillas se habían terminado aunque el horror acabaría llegando. No se te puede olvidar. Pedro entró como una furia hasta las cocinas del convento. No pudiste más. Todavía noto el terror en tu rostro quemado. Cogiste una sartén de las grandes, de las que usaban las monjas en las grandes ocasiones, volcándote el aceite hirviendo en la cara. Pensaste en morir de dolor. Un dolor liberador. Te esperaba una vida nueva, una monja nueva en un convento nuevo, el de Santa Inés, que tu misma fundaste. Creo que allí te esperaba la paz.
Entre los muros góticos de un convento me duele tu historia, la de una mujer del siglo XIV. Bajo la portada de la santa del corderito me sigue doliendo tu rostro repetido en las portadas de los periódicos. Hay historias que no deberían repetirse nunca.

8.11.14

EL PENSADOR



(Fotos: Antonio Sánchez Carrasco)
Iba a coronar una gran puerta dedicada a la Divina Comedia pero se quedó en la más absoluta soledad. Alguien que reflexiona en tiempos en los que se suceden los acontecimientos. Todo el año en contramano, a contracorriente; pensando cuando no se piensa, sentado en la calle donde se anda, mirando un coche en calle peatonal, en plano azulejo a pesar de su volumétrica corpulencia. No podía ser de otro modo. Su reino no es de este mundo. En una semana verá pasar toda una vida, sin tiempo para la reflexión, ni falta que hace, sin momento para el descanso; con nazarenos de ida y de vuelta, hacia el centro y desde el centro. En estos días, ya lo dijo alguien, no se piensa: se vive y nada más. Por eso el pensador es un personaje que sobra durante una semana, aunque muchos lo apartan del alma de la ciudad durante todos lo días del año. Quizás sea uno de sus grandes problemas. El pensador no es de este mundo. Bien lo sabe a su regreso camino de su casa. Conoció el nacimiento de la Primavera en unos azahares junto al convento de monjas franciscanas. Un susurro del rezo de horas se mezcló con el aroma de unos bollitos. Juntos se fundieron con el incienso de la tarde. Aureolado de esta gloria siguió pensando. Como en los viejos dramas teatrales medievales. En medio de un estallido de vida pensaba en la muerte. Reinaba desde un trono de cardos y calaveras. Demasiada belleza para endulzar el dolor de una espalda de madera. Una pasta descarnada que fue recorriendo las entrañas de la ciudad del más extraño de los modos posibles: pensando. Se había desnudado de todo aditamento, de toda experiencia previa. Veía pasar la vida a la espera de la muerte. Abatido con la cabeza sobre sus manos. Llegaban las sombras de la noche y no quedaba más lugar para la reflexión. El gran fracaso llegaba a su fin: tanto amor repartido para acabar cargando con las culpas de los demás en su espalda de madera. El pensador está hecho de otra pasta. Cada Domingo de Ramos lo siente: su reino no es de este mundo.

1.11.14

LA MUERTE



Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio!
(Federico García Lorca)

 Decía Borges que la muerte es una vida vivida y la vida es una muerte que viene. Probablemente no conoció en su estancia sevillana de invierno de locos años 20 a la que viene por la calle San Gregorio, la ausencia que se hace presencia con aire de calavera pensativa y abatimiento de tarde de Sábado. ¿Retrato imposible? Tal vez. Triunfo de la cruz sobre la muerte, triunfo de la vida sobre el abatimiento de unos huesos que quizás alguna vez fueron mujer, tuvieron alma, tuvieron el hálito de vida que se esconde por los callejones de la ciudad en el atardecer de la existencia, o sea, en el fin de la Semana Santa. ¿Miedo a la muerte? Uno debe temerle a la vida, no a la muerte. Eso decía Marlene Dietrich, la diva que no conoció la vida y el alma de la ciudad milenaria que tiene la existencia más corta, sólo una semana que termina con una alegoría barroca de cruz desnuda, sudario que se resiste al viento y dragones que muerden la manzana de tantos pecados originales de sus habitantes. ¿Qué es la muerte en Sevilla? Para algunos fue el tránsito por la vida, para otros la imposibilidad de comprender, para muchos la eterna e impaciente espera, para otros la insatisfacción de no poder gozar la inmortalidad de ser un vecino eterno anclado al tiempo de este rincón del mundo. Si la ciudad es eterna,  sus habitantes también quieren serlo. Por eso prefieren la sonrisa de Niños socarrones en manos de una Madre de madera, la vida juguetona en manos de la Alegría de la judería, el sueño plácido en manos de la madre del Rosario, junto al Arco, el lugar del sueño eterno de más largo metraje, el que viene cargado de esperanzas cada amanecer después de cada madrugada, que siempre hay un sol de mañanas que dejan de ser heladas que nos recuerda el viejo aserto machadiano: mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos. Por eso el vecino de la ciudad quiere ser. Ser vecino eterno de la ciudad de la vida. Por eso huye de la calavera de Valdés y de la de Francisco de Borja, de los huesos de Mañana y de la que piensa abatida en su derrota. La muerte en Sevilla es un fracaso. La vida triunfó en forma de cruz. Cruz de una muerte por amor que justifica hasta la más insustancial existencia. El retrato de la muerte es un fin imposible. El amor triunfó como eterna fuente de vida. La llegada de la muerte sólo tiene el sentido de afirmar la vida que fue, que es y que será. Llámalo eternidad. Llámalo vida eterna… El fracaso quedó abatido porque en las tardes vacías de sábado resuenan el eco de la sentencia de vida del poeta:    
Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

13.10.14

CATALINA DE RIBERA




Eros y Thánatos. El Amor y la Muerte. La llama encendida y la antorcha que es apagada en el suelo. Son las dos figuras que contemplan a Catalina de Ribera en su tumba del monasterio de la Cartuja, el lugar casi definitivo de su descanso, nunca digas la última ni creas que ha llegado el sueño eterno… Esa debió ser la consigna que llegó a los oídos de la Condesa de los Molares y señora de la Casa de los Ribera cuando falleció en el año 1505. Hija del Adelantado Mayor de Andalucía, Per Afán de Ribera, se casó en 1474 con Pedro Enríquez de Quiñones, Marqués de Tarifa y también Adelantado de Andalucía. Todo quedaba en casa. Un matrimonio del que nacerían  Fadrique Enríquez de Ribera y Fernando Enríquez de Ribera, que volverían a añadir títulos y cargos a la larga saga familiar. Su huella en la ciudad serían tres edificios, el palacio de Dueñas, que compraron a la familia de los Pineda, la llamada Casa de Pilatos, cuya construcción iniciaría junto a su esposo Pedro, y el Hospital de las Cinco Llagas. Su amor por el arte quedó latente en el palacio de Pilatos, que fue ricamente decorado y cuya terminación corrió a cargo de su hijo Fadrique, que introduciría en la ciudad la vanidad del turista que va a Tierra Santa y se trae las cruces de Jerusalén para colocarlas en la fachada de su casa… además de numerosas obras de arte y una galería de mármoles y bustos sin parangón en la ciudad. Y amor por el más débil. Tras enviudar en 1492, temprano apagó su antorcha Eros, Catalina funda un hospital para los más pobres, el llamado Hospital de las Cinco Llagas, con sede primitiva en la iglesia de Santiago y emplazamiento definitivo en el gran edificio que se construyó a partir de 1540 extramuros la ciudad, junto a las murallas de la Macarena, un hospital que funcionó siglos y que ahora acoge, la ciudad es así, las sesiones del Parlamento de Andalucía. Pero la antorcha de Catalina se apagó mucho antes, en 1505. No creas que fue su descanso eterno. Dos grandes monumentos funerarios, Roma triunfante, acogieron su cuerpo y el de su marido en la Cartuja de las Cuevas, el primer Renacimiento que llegó a la ciudad, mármoles blancos  en el reino de los silencios cartujos.
- Hermanos, morir tenemos.
- Ya lo sabemos.
Plegaria cartuja que ignoraba que el descanso eterno no había llegado a doña Catalina. Su tumba fue trasladada tras la desamortización del edificio a la iglesia de la Anunciación y antes de 1992, la Expo obligaba, volvieron de nuevo al nuevo centro del mundo en la Cartuja. Hay muertos que no descansan. A la noble dama del Renacimiento acabaron dándole un jardín en un antiguo paseo, precisamente llamado de los muertos, hoy de Catalina de Ribera. Allí tiene fuente de azulejos que perpetúa su memoria. Allí lucha contra el olvido y los graffitis de los vándalos vivos. Venció Thanatos y venció el Amor. Alguien debería respetar el descanso de los difuntos.

10.8.14

LUNA



LUNA
Sé que la luna o la palabra luna
es una letra que fue creada para
la compleja escritura de esa rara
cosa que somos, numerosa y una.
(Borges)

Sé que es mujer caprichosa y voluble, que  se mueve entre la apariencia más superficial y los más profundos sentimientos, entre la más tenue penumbra, la oscuridad más absoluta y la claridad más tempranera. Como dama caprichosa sabe mucho de dar una apariencia y ocultar la cara más desconocida para sus adentros. Sé de sobra que esta dama caprichosa no soporta a los poetas que la colocan el Olimpo de la Parasceve o a los que la revisten de oros y platas, y, mucho menos, a los que emplean el diminutivo para referirse a ella, un uso que molesta especialmente a la que es dama y señora de muchas noches, de pasión,  de completas,  de una emoción plena,  de una experiencia nueva.Sé que tiene en su calendario marcadas algunas fechas con un brillo especial pero que sólo en una madrugada muy especial se siente en la plenitud de su belleza. Es, sin duda alguna, su noche.
Sé que le gusta aparecer después de escuchar unos golpes sobre una vieja madera, cuando aparece una Cruz con sus cruces juguetonas. Suena una saeta. Y ya está allí la luna engalanada reflejándose en las varas de metal y en los ojos vidriosos de la fría penumbra, escuchando el quejío del que canta y poniendo la mejor de las poses cuando sale a la calle el Nazareno que abraza la cruz con la mirada perdida.
Sé que juega esa madrugada con las gárgolas del bosque gótico de la que llaman magna mientras unos serios pináculos parecen llamar al orden. Un bosque de misterios: de uno de esos flameros misteriosos salta al Nomen Dei de secas letras para saludar a la que más gira, la veleta que nunca duerme y menos en la noche en que la luna viene a susurrarle que es la más hermosa de las mujeres… Una mentira piadosa que lanza mirándose en el espejo del gran escudo de la fe que mueve al mundo.Sé que es dama de tiempos marcados, que muestra su rostro en la noche de la ilusión de enero y en las frías oscuridades de febrero, en las noches de ceniza y en las noches de platas callejeras. Sé que juega a mostrar todas y cada una de sus caras, en los  farolillos de papel y en la cantoneras de plata de los dioses de madera, en los estanques del Alcázar y en  las veletas de los conventos de silencios eternos, en las torres mudéjares y en los campanarios barrocos de almagras y alberos. Sé, me lo dijo un poeta, que   los largos siglos de la vigilia humana la han colmado de antiguo llanto.  Sé que debo mirarla. Sé que está en la oscuridad de las  noches de de nuestro cielo y en la  claridad de un fachada barroca de un templo de la calle Sol. Contrastes de la ciudad. El Sol y la luna frente a frente. El mejor Jano de la ciudad. El tiempo sin tiempo. La luna de la calle Sol.  Mírala. Es tu espejo

17.7.14

JUSTA Y RUFINA



El tópico más recurrente de la ciudad es el de las dualidades, Sevilla o Betis, Macarena o Triana, Belmonte o Joselito. Tan falso como la falsa moneda de la copla. Sin necesidad de elección están las parejas míticas de la ciudad, la de Hércules con Julio César, la de Isidoro con Leandro o la de dos hermanas que pueden alardear de tener sus retratos repartidos por todos los rincones de la ciudad. No son modelos, ni actrices, ni llegan a la categoría de famosillas...No las conoce tu vecina, ni salen en la prensa rosa, ni venden exclusivas, ni se habla de ellas en la peluquería. Cargan con nombres raros: Justa y Rufina. Patronas de una ciudad con un patrón y con innumerable patronazgos.
Fueron retratadas por los mejores: Esquivel, Velázquez, Murillo, Domingo Martínez, Espinal... Hasta el mismo Francisco de Goya las pintó para la Catedral. Duque Cornejo las llevó a la madera, primero para una capilla con nombre de poeta en el Salvador y luego para un rincón de la Catedral, y hasta se pasean cada jueves de Corpus. No creían en las procesiones y acabaron condenadas al tantálico suplicio anual…
Siempre aparecen igual. Una junto a otra y la Giralda en medio, que tanto monta, monta tanto. Ni Amalio el pintor tuvo tan buena visión de la Turris Fortíssima como ellas. Nunca sabemos cuál es cada una, y suelen tener algún cacharro de cerámica que nos recuerda su historia y su leyenda. Siglo III. Alfareras y de Triana. Tópico para la marca Sevilla. Según sus biógrafos, no autorizados por supuesto, eran fervientes cristianas en una época de romanos paganos sin armaos con plumas y sedas rosas. Un día de verano, ya es difícil una cofradía veraniega, ante una procesión con la diosa Salambó se negaron a su adoración, algunos dicen que llegaron a romper la imagen de la diosa. Imagínate a las hermanas en nuestros días... Dos iconoclastas que acabaron juzgadas por Diogeniano, el gobernador de la Bética, y enviadas a prisión. Cuentan que su cárcel está bajo la actual iglesia de la Trinidad y que allí fueron brutalmente martirizadas, aunque ellas soportaron todas las torturas, que ni los leones se atrevieron a tocarlas. Justa murió el 17 de julio y su cuerpo se arrojó a un campo hoy ocupado por una estación de tren con su nombre. Sobre su cuerpo martirizado corren diariamente los ejecutivos para no perder el AVE. Rufina tardó algunos días en morir, siendo arrojado sus restos a lo que llamaron Campo de los Mártires.
A Justa y a Rufina las hicieron santas. Patronas con calle en el viejo arenal. Sostén de la Giralda en terremotos. Emblemas de nombre raro en todos los rincones. Olvidadas en ellos: Jennifer, Vanessa y Joanna las han sustituido.