7.12.15

SOR BÁRBARA DE SANTO DOMINGO



Minarete orientado al cielo,
Rampas oscuras, el camino.
Campanas tocan sin aliento,
anunciando al firmamento
que la dulzura ha nacido.
(José Cristóbal Navarro)

Fue conocida como “Hija de la Giralda” (1842-1872), la hija del campanero que nació en la torre mayor de Sevilla que acabaría siendo una de las monjas más destacadas  de la Sevilla del siglo XIX. Su nacimiento en la Giralda vino motivado por el oficio de su padre, Casimiro Jurado, campanero de la torre mayor de la ciudad y persona de profunda devoción que junto a su mujer, Josefa Antúnez, notaron desde la infancia las ansias de santidad de la niña. “Nunca lloraba” decían de ella, negación universal que suena a himno futbolístico o a propaganda de reality de supervivencia en estos tiempos de descreimiento. Desde muy joven se complacía en ayunos y oraciones, una rara avis del XIX y excepción absoluta en la época de las redes sociales: cuentan que ya invitaba a sus amigas a subir las rampas de la Giralda de rodillas, como una forma de mortificación. Quiso ser monja capuchina, aunque finalmente ingresó en el monasterio de Madre de Dios, donde fue recibida según las crónicas “como un ángel” que contaba con sólo 17 años, edad perfecta para pasar del Tuenti a Twiter en nuestros días.  Su ingreso supuso la recuperación de la vida contemplativa en unos tiempos de crisis, en los que la decadencia económica llegó a afectar la vida diaria de las comunidades. Su vida en la clausura se caracterizó por su austeridad, su humildad, sus mortificaciones y su acentuado misticismo. Orientada por el padre Torres Padilla, siglo en el que los confesores no eran los siquiatras, fueron numerosas las apariciones milagrosas que vivió, en la línea de las grandes místicas del Siglo de Oro, siendo también llamativas sus continuas penitencias. Todavía conservan las dominicas su túnica de lana con cilicios o sus duras disciplinas, hoy incomprensibles salvo en novelitas de literatura seudoerótica de gran aceptación. De carácter enfermizo pero con eterna alegría, sufrió el traslado forzoso a San Clemente en 1868, monasterio en el se multiplicó su fama de santidad y donde destacó su atención en la enfermería del monasterio. Contagiada de tifus por una enferma, falleció a la temprana edad de 30 años, permaneciendo su cuerpo incorrupto durante días, siendo definitivamente trasladado al coro bajo de la iglesia dominica el 16 de noviembre de 1877. Sus restos no dieron muestra alguna de descomposición en el taladro de su féretro, volviendo a ser expuesta durante unos días antes de su definitivo descanso en el coro bajo. Sus escritos y su fama de santidad la colocan como una de las grandes religiosas que dio la ciudad en el siglo XIX. Descansa entre silencios, aromas de magdalenas angelicales y ansias de perfección: Bárbara de Santo Domingo, algún día santa. Su reino no era de este mundo.