29.9.13

LA REINA EN PELOTAS



            Aquel día de septiembre sólo tenía tres años. Pero ya tenía que ser reina. Muerto el rey, sólo había una descendiente. Femenina. Leyes sálicas derogadas y carlistas preparados para la guerra. Pero la niña acabaría siendo reina. Isabel II. Una reina controvertida, popular, discutida, pasional, extrovertida, devota. Su relación con la ciudad de Sevilla tuvo dos caras, la oficial y la oculta; hubo una Sevilla que la alabó y otra Sevilla que la dejó, con perdón, completamente en pelotas.
         Me explico. Su vida es conocida: hija de Fernando VII, nació en Madrid en 1830. Eran años de inestabilidad, de conservadurismo, de atraso general. Atraso que va a llegar incluso a la preparación de una joven que después de la regencia de su madre va a ser proclamada reina en 1843. Imagínense, con 13 años fue declarada mayor de edad. Vivió uno de los periodos más convulsos de la historia de España: numerosos gobiernos, guerras internas, atentados, intrigas... y una revolución, la de 1868, que la acabó desterrando del país. Cosas de la época. Fue casada de forma obligada con su primo, Francisco de Asís, de quien dicen se quitó más corsés en la noche de bodas que la propia reina...
         Querida por unos y odiada por otros, siempre tuvo una especial relación con nuestra ciudad, quizás simbolizada en la devoción que mantuvo a la Virgen de los Reyes. Cuentan los libros de la Capilla Real que cuando llegaba al octavo mes de sus embarazos pedía al cabildo una función especial por el alumbramiento, hecho que ocurrió nada menos que ocho veces. No sólo eso. A la Virgen  donó en 1853 su magnífico manto verde, el mejor de los que tiene. Incluso en época de destierro volvió a Sevilla, en 1884, para donar el manto blanco de los castillos y leones.
         Sin embargo, en Sevilla nació la mayor crítica que se hizo a su persona, quizás la mayor crítica hecha jamás a la monarquía. Son 89 acuarelas reunidas en un volumen que se tituló Los Borbones en pelota. Así, tal como suena. Firmados con un enigmático seudónimo: SEM. El contenido escandalizaría incluso en nuestros días de Todos ahhh cien y canales 47... Son dibujos satíricos donde la reina aparece siempre desnuda. Pero también aparece Francisco de Asís como Paquita, el padre Claret, Carlos Marfori (amante de la reina), el presidente González Bravo y numerosos miembros de la Corte...Pero las escenas sobrepasan las de cualquier vídeo comunitario nocturno. Escenas de un cura sodomita, de una reina desnuda que atiende a varios amantes, de un rey onanista con enormes cuernos, de camas redondas cercanas al Kamasutra, de enormes penes que harían enmudecer al mismo Rocco Siffredi... Todas, con una simbólica frase. Y he aquí la curiosidad: sus autores fueron los hermanos Bécquer, Gustavo y Valeriano. Para que luego nos equivoquemos con el Romanticismo de las oscuras golondrinas...
         Aun así, la ciudad también representó a la reina en cuadros costumbristas e incluso le dio su nombre al puente de Triana.
         Ya sabes: en esta ciudad lo mismo ponen tu nombre a un puente que te dejan literalmente en pelotas.

8.9.13

REDUCIR COFRADÍAS



En la Sevilla de las sesenta cofradías el de arriba podría parecer un titular insinuante e incluso provocador. Nada más lejos de la realidad: es una simple mirada al pasado, ése que, según algunos historiadores,  se suele repetir…
Año 1623. Gobernaba la silla hispalense don Pedro de Castro y Quiñones, el arzobispo que, procedente  de Granada, llegó en 1610 al gobierno de la archidiócesis a la edad de setenta y siete años. Hoy los analistas hablarían de cargo de transición. Nada más lejos de la realidad. En sus trece años de gobierno llegó a tener casi cien pleitos con diversas instituciones de la ciudad, doce con el cabildo catedralicio, tres con la Inquisición y más de setenta con diversos curas beneficiados, una forma de proceder que le granjeó numerosas enemistades y enfrentamientos en los que las cofradías no quedaron al margen.  Y es que el arzobispo, que animó la llamada “guerra de la Inmaculada” en defensa del dogma de la Purísima, buscó también un frente de combate con las cofradías de la ciudad, cuyo número consideró desproporcionado. La opción propuesta ya había sido llevada anteriormente a cabo en la ciudad con la agrupación de hospitales que realizó Rodrigo de Castro en 1587. En aquel año los numerosos hospitales de la ciudad quedaron reducidos a dos, el del Espíritu Santo y el del Amor de Dios. En 1623 el arzobispo no se atrevió a tanto. En aquella fecha, el número de cofradías de una ciudad con unos ciento veinte mil habitantes era cercano al medio centenar. Muchas habían sido fundadas el siglo anterior, e incluso algunas alardeaban de tener siglos de existencia, dato que les permitía ocupar un lugar de preeminencia en la procesión del Corpus. Las normas dictadas por el cardenal Niño de Guevara en 1604 no debieron parecerle suficientes al anciano cardenal. Pero no fue el primero en actuar.  Se anticipó el poder civil con el decreto del Asistente Fernando Ramírez Fariñas, curiosa premonición de la intromisión del ayuntamiento sevillano en la vida de las cofradías. Pocos días después,  el 5 de abril de 1623, el arzobispo Pedro de Castro dictó un decreto de reducción de cofradías que, en la práctica, se traducía en un fusión forzosa, una especie de opa hostil de nuestros días. La puesta en práctica sería muy sencilla: determinadas cofradías debían procesionar en un cortejo único, con un más que discutible criterio que apenas atendía a días de procesión o a las sedes de las hermandades. El decreto disponía que se unieran la hermandad de la Cena, entonces en el convento de los Basilios, con la hermandad de la Columna y Azotes, radicada en San Andrés. Más llamativas todavía fueron otras fusiones, ya que se estipulaba que se unieran tres cofradías en un único cortejo. De esta forma, procesionarían juntos los titulares de Los Panaderos, entonces en San Pedro, junto a la hermandad de la Quinta Angustia y a la desaparecida hermandad del Lavatorio, una sucesión de grandes pasos de misterio que hoy haría las delicias de muchos. Pero no quedaba ahí la cosa. En un solo cortejo se fusionarían los pasos de la Oración en el Huerto, de la Entrada en Jerusalén y la Piedad de Santa Marina, hoy conocida como hermandad de la Mortaja. La fusión de hermandades no atendió a un criterio de cercanía, ya que en una de las uniones agrupaba el cortejo de Montserrat (entonces en San Idelfonso), con los nazarenos e imágenes de la Hiniesta (en su barrio de San Julián) y con la desaparecida hermandad de la Presentación. Pero, sin duda alguna, el cortejo más llamativo de este edicto de reducción fue el que unió nada menos que a cuatro hermandades: el Gran Poder de la iglesia del Valle (que tres años antes había estrenado la portentosa talla de Juan de Mesa), la Soledad (entonces en el convento carmelita de Baños), la Carretería (radicada en la actual iglesia jesuita del Sagrado Corazón) y la hermandad de la Lanzada. La justificación a esta drástica medida fue la relajación del espíritu penitencial en muchas cofradías, llegándose al escándalo en más de un cortejo. El criterio seguido fue la forzosa absorción de las hermandades más pequeñas o con menos antigüedad por aquellas más poderosas, más antiguas o más disciplinadas.  Llama poderosamente la atención el hecho de que no se establecieran fusiones en las hermandades trianeras, a pesar de que por aquel entonces ya procesionaban varias a la parroquial de Santa Ana.  
La  puesta en práctica del decreto de reducción se hizo entre la oposición general. Algunas hermandades intentaron evitarlo mediante fusiones más cercanas, es el caso de la hermandad de la Coronación de Espinas, que intentó unirse a la hermandad del Amor para formar una corporación con sede en la iglesia del Valle (actual santuario de los Gitanos), algo que no se consolidó, pues las disposiciones eclesiásticas ordenaron otro emparejamiento. En general, las cofradías acataron de mala manera la imposición, que debió llevarse a cabo el año 1623 (seguramente el año de la Semana Santa más peculiar de la historia) sólo formalmente y en el aspecto procesional, ya que fueron frecuentes las reuniones de las hermandades de forma separada en la clandestinidad. Así lo constata Bermejo, citando el caso de la Carretería que se reunía de forma oculta como hermandad independiente de la Soledad, a la que había sido agregada, siendo reuniones “de uso y costumbre” según el citado historiador. Pero la oposición no fue sólo oculta. Hubo hermandades que llegaron a plantar cara al anciano arzobispo. Es el caso de la hermandad del Amor, que se negó a salir en la procesión del Corpus de ese año en señal de protesta por la reducción. De todas formas, la forzada fusión duró poco. Primero porque a finales del mismo año dimitía don Pedro de Castro, el arzobispo que sería recordado por sus pleitos, siendo sustituido por Don Luis Fernández de Córdoba. En segundo lugar por el nombramiento de un nuevo Asistente de la ciudad en 1626, don Lorenzo de Cárdenas. Ese año la mayoría de los forzosos agrupamientos de hermandades fueron disueltos, aunque la separación fuera una realidad incluso anterior. En la memoria de la ciudad quedó asentada la tozuda actuación de un arzobispo, recogida en las dura palabras que le dedicó el Abad Gordillo, todo un aviso a navegantes futuros: “ni memoria de una sola cuita ni de otra cosa dejó en la ciudad, sino infinitos pleitos. Permitió Dios que aburrido de sí mismo, en el fin de sus días, tuviese tan terrible enfado que el 11 de diciembre de 1623 renunció al Arzobispado”. La independencia de las cofradías sevillanas había triunfado.
                                                  (ABC, Cuaresma 2011)

27.8.13

27 DE AGOSTO. QUE TE VAYAN DANDO...



         Entraste en mi casa sin pedir permiso. Bueno, el justo que te concedieron los cobardes que te dejaron pasar firmando acuerdos de vergüenza. Francés, cuando eso significaba ideales de igualdad, legalidad y fraternidad. Lo entendiste como te dio la gana: igualdad para los ladrones de tus soldados, legalidad para los demás y fraternidad no se sabe para quién...
         Te tuve que aguantar dos largos años haciendo lo que te dio la gana. A ti, maldito mariscal y a todos los que te acompañaban. Gritaré a los cielos y a la historia tu maldito nombre: Nicolás Juan de Dios. Y tu maldito apellido: Soult. Que el mundo sepa que habías nacido en Saint Amans la Bastide me importa bien poco. Pero que no se olvide que me robaste y me expoliaste, tú y los tuyos, y que lo consintieron los míos y muchos de los que vendrían después. Quizás en esto no haya banderas. Creo que más daño me hicieron los que decían que actuaban por mi bien...
         Pero quizás fuiste tú, maldito gabacho, el que comenzó todo. Elegiste como tu casa una de las mejores de Sevilla, nada menos que el palacio Arzobispal. ¡Valiente trono para tan indigna posadera! Así te dieran... Dicen que el vino corría en las fiestas de borrachos franceses que ofrecías en sus salones. Hijos de la grandeur.... Alguien contó que incluso el vino salía de los surtidores de las fuentes. Pobres angelitos barrocos, lo que tuvieron que ver. A esas fiestas invitabas a toda tu camarilla, hasta al usurpador ese de los cojones que nos mandó el Napoleoncito...Toma hermanito. Aficionado a la botella. A Sevilla, la tierra de Jauja... Le hiciste una fiestita de las tuyas en el palacio y le pediste a los canónigos que te dieran doseles, blandones y alfombras para decorarlo todo. Un poco más y te dan a la Virgen de los Reyes... Lamentaron no darte lámparas... porque la catedral no las tiene. Hay ladrones y cómplices...
         Aunque lo peor, sin duda, fue lo del arte. Me destripaste por dentro. Murillos por toda Europa son la prueba del delito. Una obra maestra era La Natividad de la Virgen que te llevaste de la catedral. Igual de espectacular era la Inmaculada que robaste de los Venerables. Incluso en algunos libros la llaman con tu nombre. Qué asco de mundo, el nombre del ladrón para la Madre de Dios. Y podría seguir contando. Cientos de obras de arte perdidas para siempre. Que las disfruten otros... Menos mal que la pesadilla acabó un día como hoy de 1812. Tuviste que salir corriendo y te dejaste atrás parte de tus robos. Unos mil cuadros. Todavía me sangran las heridas. Las tuyas, las de tus cómplices y las de los silencios rastreros sevillanos de los que nunca se escribe. La ciudad de los silencios...
         No olvidaré la fecha de tu huida. Puente de la plata que no pudiste robar. El alma ya se me murió. Que te vayan dando...

22.8.13

22 AGOSTO: JUAN LAUREANO DE PINA



No suele ser muy conocido, pero hoy es uno de esos días que abren la urna de San Fernando. No es festivo, pero has aprovechado para ver los huesos de un santo de verdad, con su corona y su cetro, con su manto de armiño, con su mandíbula marcada, con su urna de plata. Este año te has fijado en esa tumba. Te ha parecido espectacular. La tumba de un rey y la tumba de un santo. Y alguien te ha contado algo sobre su autor, el orfebre Juan Laureano de Pina.
         Te han dicho que fue un orfebre que había nacido en Jerez, allá por el año 1630, y que vivió allí hasta los 40 años, momento en el que se trasladó a Sevilla. Sobre su vida se sabe poco. Normal, esas cosas no interesaban antes. Ya sabes que se casó en 1660 y que tuvo tres hijas que se casaron todas en nuestra ciudad. Las cosas de la época. Enviudó y volvió a casarse cinco años después.
         Juan Laureano vivió en la collación de Santa María, es decir, cerca de la catedral. Para la Magna Hispalensis hizo algunas de sus mejores obras: el altar de plata, el busto de algún santo y sobre todo la gran tumba de San Fernando. La has mirado allí, en la capilla real, y no te has cansado de encontrar detalles: santos de Sevilla, la Virgen de Valme, castillos y leones, santa Elena, tulipanes, jeroglíficos, balaustres... Todo te pareció muy barroco. Pero cuando te han contado la historia de la urna te sorprendió todavía más. Juan Laureano recibió el encargo en 1671 y la terminó 34 años más tarde. Un trabajo que comenzó a ser pagado por un rey, Carlos II, y que terminó de pagar el rey de la nueva casa de Borbón, Felipe V. Una obra de las de antes, sí señor.  Has pensado que Juan Laureano debería ser más conocido. Eso pensabas mientras leías unas letras en la tumba de San Fernando: “De este cetro y esta espada hago escala en el suelo por donde subir al cielo”.
         Ya sabes que cuando Juan Laureano murió en 1723 estaba en mala situación económica. Una pena. Unos de los mejores plateros de su época moría con 93 años y casi no recordaba el nombre de sus hijas. Un platero que no sólo hizo la tumba del rey santo. También se conservan obras suyas en Jerez, en Guillena, en Morón y en Jerusalén. Sí, en Jerusalén. En su buena época, Juan Laureano de Pina mandó algunas obras a Tierra Santa. Curiosamente el sagrario de la iglesia del Santo Sepulcro es una obra suya. Tiene otras. Todavía guardan su firma. Porque Juan firmaba sus obras como El hispalense, es decir, el sevillano. No tienes duda. En estos tiempos, en que defender lo sevillano suena a casposo, a retrógrado, a carca y a ombliguismo, ha aumentado tu admiración hacia el viejo platero barroco...



        

21.8.13

LA LOCA



         Hay alguien que dijo una vez: “Todos nacemos locos. Y algunos siguen siéndolo toda la vida”. Hace casi quinientos años llegó a Sevilla una loca de las de antes. De las que creían en algo firmemente. De las empeñaban su vida por sus ideas. Se llamaba Teresa, Teresa Enríquez. Era hija de don Alonso Enríquez, almirante de Castilla, y prima del rey Fernando V de Aragón. Enviudó en 1503, cuando murió su esposo, el comendador mayor de León. En ese momento Teresa Enríquez decidió cambiar de vida. Destinó su dinero a hermandades y fundaciones y se dedicó a su gran devoción: el culto a la eucaristía.
         Teresa llegó a Sevilla en 1511. Ya cargaba con el título de la Loca, la loca del Santísimo Sacramento. Pero el apodo no se lo había puesto la típica compañera bromista ni el vecino graciosillo. Lo de loca se lo había puesto nada menos que el Papa Julio II, el Papa que encargó a Miguel Ángel la tumba más famosa de la época. Por la bula Pastor Aeternis de 21 de agosto de 1508 reconoció su labor. Y es que Teresa se había ganado el apodo. Cuentan que en su adoración por la eucaristía creó la primera hermandad sacramental en Roma, la de San Lorenzo in Dámaso. Por una revelación, hizo que esta hermandad llevara la comunión a los enfermos de la forma más digna posible, con velas, con acompañantes, con palio de lujo, con cálices apropiados para trasladar a Dios Sacramentado. Una devoción que trajo a Sevilla. Llegó a nuestra ciudad acompañando a Fernando el Católico, que en esos años se había vuelto a casar. En Sevilla presenció las fiestas del Corpus. Y en Sevilla fomentó que se fundaran la primeras cofradías sacramentales, las que rendían culto a la eucaristía. Durante el siglo XVI se fundaron en Sevilla muchas de estas hermandades: San Vicente, San Lorenzo, El Salvador, San Julián, El Sagrario, Santa Lucía, Omnium Sanctorum, Santa Ana... Cuando dejó Sevilla, en el año 1529, quedó Teresa Enríquez muy contenta de la labor realizada y muy satisfecha con la devoción que los sevillanos le tenían a la eucaristía. Sin duda, su locura se había contagiado y era rara la parroquia que no tenía su hermandad sacramental. La loca del Santísimo Sacramento había conseguido su objetivo.
         La bula que el papa concedió a Teresa Enríquez perdonaba todos los pecados a aquel que asistiera a la procesión del Corpus. Curioso. Un año le pregunté a mis alumnos de la ESO si habían asistido alguna vez esta procesión. La respuesta fue clara: nadie. Pocos pecados que perdonar... Me acordé de Teresa Enríquez. Y pensé que nos iría mejor si hubiera más locos de los de antes y menos ignorantes de los de hoy en día... 

20.8.13

SAN BERNARDO




 Nombre de santo. Barrio de conquistadores, toreros y arquitectos. De cofradía de las de capa con sabor antiguo, que no todo está en el centro. Nombre de puente que no salta ningún obstáculo y que fue barroco en época de costumbrismo e historicista en época de derribos. Nombre de arrabal, aunque nunca lo hubo más cerca del centro ni más caro en época de especulaciones. Nombre de calles cargadas de historia, desde aquella invocación de Tentudía a la inestabilidad de una calle Campamento. Reyes y toreros. Gloria efímera de una plaza de toros que fue monumental y al mismo tiempo el monumento más efímero. Como el túmulo del torero que la patrocinó, diestro que tiraba más hacia los arrabales macarenos. Tiempo que pasa. Tiempo que se detiene en atardeceres de viejos muros musulmanes y de soldaditos con casaca que hacen de veleta por encima de las fábricas de cañones. Soldaditos de pavía veletas como la ciudad, hoy miro aquí, mañana allí. Con la escopeta en alto pero herrumbrosa, incapaz de soportar el paso del tiempo. Dios te proteja, viejo arrabal. Ya te protegieron otros dioses. Cancerberos. Orientales. Viejos leones de bronce que se fundieron a tus puertas y que se fueron a proteger las puertas del Congreso. Original y copia. Lo que habrán oído... Leones sevillanos que se quedaron con Eduardo Dato. Serían datistas, que también lo hubo mauristas, como los hubo exaltados y moderados. Exaltación de todo un barrio, de toda una iglesia, de todo un santo, de toda una liturgia. Eso hacía el viejo cura mientras pensabas en tantas y tantas cosas. Mirabas un retablo neoclásico, con el santo titular entre figuras de Blas Molner. Moderno entre antiguo. Boda y bautizo al mismo tiempo. Tiempos que corren. Un cura con voz de canónigo de La Regenta. Vetusta sevillana. Casó a los novios. Dio la comunión. Bendijo. Predicó. Pregonó. Y bautizó al mismo tiempo. Padres, hijo y el Espíritu Santo que no se quiso perder el acto. Cristo de la Salud a un lado, como en un antiguo oratorio de la Escuela de Cristo. Virgen de la Salud presidiendo el acto. Tenía un aire torero. Para el bautizo, el oficiante se revistió con capa pluvial. Ya quedan pocos que lo hagan. Saludó al neófito. Mandó callar. Impartió la bendición. Invocó al Espíritu. Al santo y al de todo un barrio con nombre de santo de visiones místicas. El monje medieval que vio la lactación mística. Teta y mística. Infancia y madurez. Cuando el niño fue bautizado, el eterno sacerdote de la sotana, del alzacuellos, de la capa pluvial y del birrete se dirigió a los presentes. Con voz cavernosa, pura y decimonónica. Calló hasta Santa Bárbara y su trueno. No gritó. Pregonó a los cuatro vientos de San Bernardo:
         - ¡Este niño ya es cristiano!
Bienvenido a la Iglesia. Su historia te bautizó revestida con capa pluvial...

14.8.13

REYES



Por Ella madruga la madrugada. Por ella el tiempo se detiene. Por ella la ciudad se despierta. Por ella la ciudad se deja alcanzar por el tiempo que convoca al Sol en una esquina gótica que alumbrar una mirada de siglos.
Cuentan que por Ella la ciudad abandonó la fe de Mahoma y abrazó la de un Niño juguetón que se sienta en su regazo, la sonrisa eterna frente a la sonrisa cotidiana, la Madre eterna, que nunca muere la maternidad, frente a la infancia infinita que alarga su vida en las tardes de verano; niños que viven todas las vidas del mundo en mañanas de calor de agosto, en soles abrasadores que invitan a cerrar los ojos, abrir la imaginación y sestear sin más límites, temporales ni espaciales.
Cuentan que el suyo es un amor de madre y no un amor de verano, amor que todo lo disculpa, todo lo alcanza y todo lo entiende, que por eso mira al frente para olvidar el pasado, futuro de misteriosa sonrisa por lo que ha de venir y olvido de culpas que se prenden a su espalda, en mantos de rojos terciopelos y verdes de esperanza, en escudos de reinas terrenales y en castillos y leones que defendieron a un Niño, Rey de reyes, por Ella y sólo por Ella.
Dicen que por Ella la ciudad abandonó el Islam y se hizo Castilla bordada en tisú blanco, que llegó traída por ángeles que se asentaron en el blanco de los muros conventuales de la ciudad, que su corazón de cedro inundó de Amor una ciudad a la que salvó de muchas inundaciones y muchas sequías, que en sus manoplas de madera se sellaron muchas promesas agradecidas en forma de besos que dejaron a la madera descarnada para mostrar el alma, adiós barnices y adiós policromía, que hay una mirada en un rincón de la Catedral que concentra un mundo de reyes a sus pies, plata y mármol, y un cielo de piedra en su bóveda, con reyes, santos y profetas que anuncian durante siglos la magia de un instante, aquel en el que por Ella se hace el silencio en el mejor cahíz de terreno del mundo, repican campanas y redoblan corazones, sístoles y diástoles, en un pueblo que mira al frente, que por Ella la ciudad se hace tumbilla de convento donde se rezan laudes, vísperas y completas en un instante, el de su mirada al frente, el de la sonrisa eterna, el de un pueblo hecho coral de corralones viejos colgados junto a su viejo corazón de madera, nardo y azucena, milagro para sonreír mirando al frente, jugar a ser niño y amar como una madre, que Ella hace reinar la paz en un mundo de varas de mando al que sólo trae varas de nardo; poder y humildad que grita en silencio que quien quiera ser grande en el mundo se tiene que hacer pequeño, niños ahora, por siempre y por Ella, que por Ella y  sólo por ella en tu ciudad reinan eternamente los reyes y eternamente reina la sonrisa de las  abuelas con abanico en las eternas tardes de agosto.    

13.8.13

GIGANTA



Una vida  muy dura. Desde tu parto hasta nuestros días. No debió ser fácil traerte al mundo y, mucho menos, colocarte en tu sitio. Tampoco ha debido ser fácil que cada uno te llamara con un nombre. Quizás sea el problema de mirar desde tan alto. Las abuelas del lugar te llamaban Santa Juana. Ni Juan ni Juanillo, dice el refrán. Se equivocaban. Por aquello del movimiento, cuando naciste te llamaron  Giralda. Cosas de la vida, alguien se apoderó de tu nombre, quizás por ser más grande que tú. Ya sabes: pez grande se come al chico. Te quedaste con lo de Giraldillo, algo así como un hijo pequeño de la gran torre de la ciudad.
Tampoco debe ser fácil ser mujer, estar embarazada y que encima te llamen con nombre de varón. Cosas de la ciudad. Lo del transformismo tiene larga historia, desde la monja alférez a la Esmeralda, y eso que te imaginaron símbolo de la Fe triunfante, Giganta para Cervantes y hasta coloso para algún vecino.  
Tu parto en 1568 fue largo y complicado. Nunca una mujer tuvo tantos padres. Dicen que te ideó un pintor, Luis de Vargas, y que tu modelo lo hizo un escultor, un tal Juan Bautista Vázquez el Viejo. El cuerpo de bronce te lo dio Bartolomé Morell, el mejor de su época. Ya sería bueno que el cabildo Catedral pagó su fianza para sacarlo de la cárcel. El rescatado te daría cuerpo y alma de bronce con aire clásico. Diagnóstico: parto de riesgo. Una escultura de bronce de más de tres metros. Tan difícil fue aquello que la casa de tu padre ardió mientras fundían tu cuerpo, aunque la espera mereció la pena. Pronto te convertiste en la belleza de la ciudad. Ni Fidias, ni Miguel Ángel. Ni Atenea, ni Venus. La belleza de Sevilla se subió a la torre musulmana y se llamó Giraldillo, veleta de una ciudad que te mira como una novia inalcanzable en los quinientos años que llevas ahí arriba. Largos siglos para señalar los vientos de la ciudad con tu palma, para protegerla con tu escudo que un día llevó un cáliz. Palma y cáliz para una ciudad, que diría el poeta, mujer juguetona que imitaba con sus  zapatos a la Diana cazadora del Museo y que imaginaba colocarse detrás del paso de la Sentencia.Casi nadie en Sevilla se ha dado cuenta, pero llevas siglos embarazada y en tantos siglos has sido un diablillo Cojuelo voyeur de tu ciudad. Mirar sin ser vista, la eterna aspiración de muchos. Veleta e inestable, como la ciudad, con seis tiros en tu cuerpo fruto de alguna guerra fratricida, achacosa en los últimos años y hasta con mala imitadora a tus pies. Como tú ninguna, mujer que no tiene los ojos cerrados como mandan los cánones, que ya sería eterno castigo ser ciega en Sevilla. La ciudad en la que no puedes creer. Aunque seas la Fe. Lo tuyo es pura mística: no puedes creer en la belleza de una ciudad: llevas siglos viéndola.




12.8.13

LA GIRALDA ROJA



Pintar la Giralda de verde. Con este llamativo título leíste un día un interesante artículo sobre el proyecto de la Encarnación. El título llamaba la atención sobre lo que podría suponer el proyecto ganador del famoso concurso de ideas sobre la urbanización de la plaza. El artículo no tenía desperdicio, sobre todo recordado desde ahora.  Insistía en el impacto visual que podían producir las setas comparándolas con una Giralda verde. Una Giralda pintada de colores. ¡Quién lo diría...! Pero es que la Giralda estuvo pintada y tuvo colores... muchos colores.
Podemos recordar algo sobre su construcción. Es conocido que la Giralda es el alminar, la torre de la antigua mezquita mayor desde la cual el muecín llamaba a la oración en la antigua Isbilia, la Sevilla musulmana. Su construcción se dio por terminada en 1198 con la colocación de cuatro manzanas doradas que duraron hasta 1356, año en el que un terremoto las hizo caer.
En el siglo XVI se emprendió una completa renovación de la torre. A los canónigos se les ocurrió añadir un campanario renacentista sobre una torre musulmana. Algo atrevido. Imagínense que hoy le añadimos un cuerpo de cristal y acero a la torre del Oro. ¿Estaríamos a favor o en contra? La cuestión es que el arquitecto Hernán Ruiz acometió una obra que culminó con rotundo éxito, intervención integradora que diríamos hoy... Fue en 1565. Para unificar el conjunto se decidió revocar la torre. Es decir, pintarla de color. El 12 de agosto de ese año se pagó el enlucido. Para hacernos una idea del resultado podríamos fijarnos en un cuadro de Miguel de Esquivel que se conserva en la catedral. Representa a las Santas Justa y Rufina y sirve como fotografía de la época. La Giralda se pintó en color almagra, en color rojo, con la imitación de un aparejo de ladrillos en color blanco. Este color era el más empleado en una ciudad que todavía lo conserva en muchos edificios emblemáticos: el Arzobispado, San Telmo, la iglesia de San Luis, la de San Ildefonso... Conocemos los pagos que el cabildo Catedral hizo a un tal Pedro Fernández y a Diego Fernández por una mezcla de almagra, vinagre y cal que se empleó en el enlucido. Pero no sólo eso. Antón Pérez doró algunos de los remates del cuerpo de campanas y Roque Fernández colocó más de trescientos azulejos negros que se siguen conservando en la actualidad. Para completar la obra, se decoraron los frentes de la torre con más de setenta cuadros, es decir, pinturas murales, una obra del pintor Luis de Vargas que tuvo la colaboración de su criado y de un oficial flamenco. San Isidoro, San Leandro, los Evangelistas, Santa Justa y Rufina, numerosos santos... Todos ellos aparecían en estas pinturas murales que todavía se conservaban en el siglo XIX y que podemos ver en antiguas fotos. Resumiendo. La Giralda tuvo color más de trescientos años. Un color rojizo. Y muchos colores más.
Lo cual confirma un hecho. Los arquitectos contemporáneos que pretenden sorprender deberían recordar esa Giralda de colores y comprender que en estos tiempos no hay nada nuevo bajo el sol.

3.8.13

EL ENTIERRO



La escena no era nueva en su vida: miradas amigas en torno al fallecido. Ya la había plasmado en la capilla de los Vizcaínos del convento de los franciscanos. En el Hospital de la Caridad incluso la enmarcó entre pinturas de Murillo y columnas salomónicas de su amigo Bernardo. Llanto sobre Cristo muerto mientras los ángeles arrojaban flores de santidad y las columnas doradas retorcían sus entrañas y sus pámpanos para ascender al cielo de la eterna caridad. Ascensión a los brazos de una madre con sus hijos. Otra escena que también enmarcó su propio entierro. En una capilla lateral de la iglesia de San Marcos, los asistentes al amortajamiento de Cristo miraban de refilón a la capilla del Rosario: el más grande escultor de su época dormiría definitivamente entre encalados muros mudéjares, retablos dorados y yeserías geométricas.
         Agosto de 1699. A punto de despedir siglo y monarquía, la ciudad decía adiós al genio que dominó la escultura desde mediados de la centuria. Todo pasó por sus manos, las de sus hijos o las de los miembros de su taller. Unas manos que habían firmado semanas antes testamento en su casa de la calle Beatos. Manos cansadas para recordar una vida intensa. No hubo olvidos: mencionó a todos sus hijos, ya casados, y recordó todas y cada una de sus obras. Le acompañaban su hijo Marcelino y su yerno José Felipe Duque Cornejo. Quedaba tranquilo. La saga continuaría y el nombre de Roldán se mantendría durante décadas unido al arte sevillano. Cansado pero reconfortado, entregó su alma a Dios en los primeros días de agosto. Descansaban unas manos que habían modelado a un Cristo Descendido, a una Nazareno abrumado por el peso de una cruz, a una Virgen sonriente que algún día sería la más venerada de la ciudad y a miles de retablos, cartelas, vírgenes y tallas de todo tipo. Hubo llanto sereno en su casa y hubo mayor dolor en lo rincones del hospital de Mañara, en la capilla de los Vizcaínos y en la parroquia de San Marcos. Entre una nube de incienso, su cuerpo fue trasladado a una cripta de la vieja parroquia de la calle Real en la tarde de aquel día de agosto. Manos de su taller, manos del gremio y manos de familiares lo portaron en el último momento. Amortajado, como él ya sabía. Con la placidez de un Cristo descendido. Con el ansia eterna del Crucificado que mira por encima de los muros de la judería. Con las manos cansadas y las alforjas casi vacías. Tenía setenta y cinco largos años. Descansaba eternamente Pedro Roldán. Hijas, hijos e imágenes lloraban su muerte. Quedaba su obra. Su arte. Su taller. Su nombre.
         Hay apellidos que dignifican la historia de la ciudad...

2.8.13

GUZMÁN BEJARANO



Recordó su nacimiento un día como el de hoy de 1921. Quizás no fuera la época del año propicia, pero la buscó en algún libro. Abrió, hojeó y recordó:

“Manuel Guzmán Bejarano es sin duda uno de los más representativos tallistas que ha dado la segunda mitad del siglo XX en Sevilla, con una obra que trasciende la Semana Santa de Sevilla y su provincia.

Trianero de nacimiento, sus orígenes hay que buscarlos en el taller de Jiménez Espinosa, autor de una obra emblemática de la talla sevillana como es la canastilla del paso de la Sagrada Lanzada, pieza inspirada en motivos góticos extraídos de la tumba del cardenal Cervantes en la catedral de Sevilla. Tras independizarse, logra crear la que será su primera gran obra, la canastilla del paso del Cristo de las Almas, diseño ganador de un concurso que pudo verse estrenado en la tarde del Martes Santo de 1957. La obra, Premio Nacional de Artesanía, muestra el característico estilo neobarroco del autor, iluminándose por cuatro candelabros grandes en las esquinas y dos medianos en las laterales, además de presentar la particularidad de iluminar la canastilla con ocho candelabros pequeños. En el frontal de la canastilla diseñó el escudo de la hermandad y colocó diversos emblemas de la pasión. La obra se completó con ángeles con cartelas, y en los respiraderos ángeles mancebos que portan inscripciones en latín y elementos de la pasión, así como tondos representando al apostolado obra de Barbero Medina.

Esta obra supuso el comienzo de un largo recorrido artístico que le llevaría a realizar numerosas obras para la capital hispalense, destacando las canastillas de la Soledad de San Buenaventura (1957), las Tres Caídas de Triana (1970), la Humildad y Paciencia (1974), Cachorro (1974, aunque en la década de los 90 volverá a rehacer la obra), Servitas (1981), Sed (1990) o el de San Gonzalo (2000). El número de obras se multiplica si nos situamos en la provincia y en el resto de la geografía española.

A esta labor de tallista de pasos habría que sumar la realización de retablos, caso del de la Virgen de la Angustia en Sevilla o el que realizó para la imagen de Sor Ángela en la Almudena de Madrid. Todo ello siguiendo siempre esa línea ondulante característica de la estética del siglo XVIII, de la que Guzmán Bejarano es fiel seguidor. Junto a ello podríamos señalar incluso el diseño de obras como el manto de la Virgen de la Salud, de la hermandad de San Gonzalo”.

Al cerrar el libro vino a su mente la imagen de aquel abuelete que tallaba hojarascas y angelitos. Ya no estaba en este mundo. También acudió el recuerdo de su propias palabras: "Siempre digo que desde que empiezo mis obras, todas me gustan. El que trabaja porque le gusta no tiene preferencia".

2 de agosto. Virgen de los Ángeles. Subidos a una canastilla barroca. Un abuelito bonachón les puso cara en Sevilla.

26.7.13

SANTA ANA



Calle donde se hace bendita la pureza. Buscas la sombra que te proteja del sol de Julio y del calor de las tardes de cucaña. Todavía parece que tu abuela susurra  la retahíla que dibujaba la sonrisa en tus labios. Era buena trianera y tenía su particular jaculatoria: “Señora Santa Ana / en tus manos dejo mi casa. / Señora Santa Ana / cuídame el puchero / por tu hija María y por tu nieto verdadero...”
Emociones, sensaciones y datos se entremezclan en la parroquia de almagra y de los flameros cerámicos. Una iglesia del siglo XIII construida por un rey Sabio curado al que se le salieron los ojos de sus cuencas. Santa Ana lo curó. Te entretienes con la historia camino de tu rincón de siempre, en un lateral, junto a las santas Justa y Rufina, retratadas por un tal maestro de Moguer en una época en la que los pintores no firmaban sus obras. Tiempos. Dudas que quede alguien con el nombre de Justa ni de Rufina, hoy patronas de la nada. A lo que ibas. Un año más. Tu retrato de hoy es el de Santa Ana. Y el de la  Virgen. Y el del Niño. No sabes si es tu especial devoción pero hay días que tienen brillo especial entre lágrimas de cera roja y oros viejos diluidos por el incienso. El gran retablo vuelve a narrarte su historia como en un caleidoscopio de tablas al temple. Una vida complicada, y mira que tienes memoria para los nombres.
Un obra de 1540. Esculturas de Nufro Ortega y Nicolás de Jurate. Y tablas de un pintor flamenco, Pedro de Campaña, aquí, en plena Triana, la cuna de otros flamencos. Escenas para pintar un retrato muy complicado: el nacimiento de San Juan, el nacimiento de la Virgen, el abrazo ante la Puerta Dorada... Viñetas que te narran historias apócrifas, tan complicadas como las de tus telenovelas. Algo así como que Santa Ana se había casado con Cleofás, con Salomé y con Joaquín. Sus hijas María Salomé y María Cleofás formarían parte de ese grupo de las tres Marías, el que sale en los pasos de Semana Santa. Te olvidas de todo y diriges pensamientos y oraciones hacia el grupo medieval que un día recibió aires barrocos y que nunca perdió el aire familiar. La abuela de Dios y tú frente a frente. Recuerdos de otra abuela. La tuya. La que decía “Santa Ana bendita, de las tres limosnas que das al día, una sea la mía”.  Allí está sentada, bajo una bóveda de ladrillo gótico y aromas húmedos de baúl antiguo con pastillas de jabón. Ya en la calle no puedes evitar una sonrisa. La sonrisa eterna de las abuelas en los retratos arrugados de peinadora. Un farolillo, el olor marino a río y a sardinas, el jaleo de la cucaña, la sonrisa de la Abuela de Dios. Es Triana. Retrato eterno de familia. Cualquier jornada del año puede ser un día señalaíto.

24.7.13

24 JULIO. FIN DE ESTACION



“Está muy arraigada en Sevilla la devoción del Santo Rey Hermenegildo, de cuya vida y glorioso martirio se refiere tanto que el ser su rey y señor natural y tan gran mártir enciende los ánimos de los vecinos de Sevilla con demostraciones particulares y la reverencia del lugar de su cárcel y la memoria piadosa de su intercesión venida de padres a hijos, aún antes de ser ganada Sevilla... Se ha continuado una estación de notable y gran antigüedad y tradición conservada en los devotos corazones de las mujeres de Sevilla que la frecuentan y tienen noticias de los innumerables milagros que por ella el cielo ha obrado, por los  fieles que con esta oración se han encomendado, cuya ocupación y ejercicio es como sigue:
         Rezar ciento cincuenta Avemarías y quince avemarías y quince paternóster ofrecidos a la Santísima Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y a la Virginidad de la Purísima Virgen sin mancha, San Hermenegildo, San Leandro, San Isidoro, Santa Justa y Rufina y los demás santos patronos de Sevilla. La cual estación se hace en siete viernes y se visita en cada uno de estos días una iglesia. La primera, la Iglesia Catedral, en la capilla de Nuestra Señora de la Antigua. La segunda en la ermita que es ahora Parroquia de San Bernardo, en el campo, de quien es cierto que junto a ella estaba el cementerio en que en tiempos de moros se enterraban los cristianos que fallecían en Sevilla. La tercera en el prado de las Santas Vírgenes Justa y Rufina, cerca del monasterio de la Santísima Trinidad, por lo que se cree que allí están sus benditos cuerpos sepultados. La cuarta en la torre que ahora es iglesia magnífica de San Hermenegildo. La quinta en la capilla del Santo Crucifijo de San Agustín en memoria de los Santos prelados arzobispos de Sevilla, que en aquella parte del campo están sepultados. La sexta en la iglesia o Parroquia que es de San Esteban y por tradición y otras señales se afirma haber sido mozárabe y que en ella tenían sus oraciones los cristianos en el tiempo de la cautividad de Sevilla. La séptima en la iglesia de Santiago el Viejo, que ahora es parroquia, que asimismo fue mozárabe, en el mismo tiempo allí se ofrece lo que les parece y se sienten grandes socorros del cielo rezando la misma oración que en  las otras estaciones...”.
         Iglesia de Santiago. Última estación. Hoy abre porque está allí el jubileo circular. No te dio tiempo a hacer las otras estaciones. Tenías descargas atrasadas, partidas del Final Fantasy por terminar, torneos abiertos del Pro Soccer (o cómo se llame), nuevas identidades que crear en el Tuenti y limpieza general de archivos en el Outlook. Total, San Hermenegildo era un golpista...
         Ya podían inventar un juego de las estaciones sevillanas para la wii...

23.7.13

23 JULIO. CASA CORNELIO



Me contaste que era el mes de julio del año 1931. Eran tiempos difíciles. España acababa de estrenar la república como nuevo sistema político. Un ambiente donde eran muchas las reivindicaciones, los miedos, las ilusiones. En Sevilla se vivió una huelga revolucionaria con un resultado tan dramático que fue conocida como la semana sangrienta. Sigues recordando aquello y no puedes evitar la emoción. Parece que estás viendo la casa con tus propios ojos. Era junto al arco de la Macarena, junto a la muralla, junto a aquella Sevilla que ya comenzaba a ser conocida como la Sevilla Roja. Recuerdas a tus abuelos y a sus vecinos, una familia que podrías describir con los ojos cerrados. Eran la familia Mazón. Pero casi nadie los conocía por su apellido. Unos azulejos en la fachada de la casa eran la prueba. Todo el mundo los conocía por los Cornelio, recuerdo del abuelo de la familia. Frente al arco, los azulejos de la fachada hacían publicidad de sus negocios: El colmao del Salvador y la Terraza de la Cruz del Campo. Sobre todo la pequeña taberna de la Macarena. Era un pequeño lugar de reunión donde cada atardecer se concentraban los obreros del barrio. Alguien quiso ver allí un lugar de concentración de elementos revolucionarios, comunistas o anarquistas, qué más daba. Incluso se difundió la leyenda de que detrás de un espejo de la taberna se celebraban esas reuniones clandestinas. Tragas saliva y sigues contando. Pareces que vivieras aquel día de julio de 1931. La taberna amaneció cerrada por la huelga general. Cuando tu madre salió a la puerta de casa pensó que estaba soñando. Soldados de artillería rodeaban la zona y un cañón apuntaba directamente a la vivienda. Fue tu abuelo el que salió a hablar con el militar que dirigía la operación:
         - Mi general ¿Qué es esto?
         El general Trillo informó a tu abuelo de que la casa iba a ser cañoneada y que tenían poco tiempo para desalojarla. Todavía recuerdas que tu padre se empeñó en vaciar un ropero que, con las prisas, acabó por los suelos. Dio tiempo a salvar los caballos de la cochera y poco más. 22 cañonazos acabaron con la antigua casa Cornelio. Curiosamente no todos los disparos llegaron a hacer explosión. Curiosamente, hubo que buscar al día siguiente un proyectil que no explotó. Curiosamente, el ropero que cayó al suelo evitó ser traspasado por uno de los cañonazos.
         Recuerdas que aquello fue el fin de la casa. La familia Mazón regentó un bar cercano; todavía existe, el bar Plata, frente al arco. Todos fueron detenidos en la Guerra Civil y alguno no sobrevivió a aquella absurda tragedia.
Hoy ya no existe la casa. En su lugar se alza una basílica. Y todavía hay vecinos que oyen los 22 cañonazos cuando entran allí a ver a la Virgen. Porque tu antigua casa, la de los Cornelio, la de tus recuerdos, es hoy una casa llena de Esperanza. En aquel lugar que un día cañoneó la sinrazón vive hoy la Esperanza bajo una bambalina de plata. Tú la conoces simplemente como la Virgen. Para los demás allí está la Virgen de la Esperanza Macarena.
       

11.7.13

11 DE JULIO. LA FOTO



         Hay fotos que llevas en tu memoria como recuerdo de tu historia. Y el tiempo las hace historia, que ahora hay gente que se hace una foto y se cree historia en el mismo momento... Ya veremos dónde coloca el tiempo a cada uno.
         11 de julio. Hoy abres tu almanaque y ves tu foto en la historia, una historia en blanco y negro, con pantalones de campana, pelo largo y patilla descuidada. Año 1976. Eras un niño de pantalón corto, flequillo y pantalón de rombos. No sabías por qué, pero te daba la impresión de que en aquellos años estaban ocurriendo cosas importantes. El año anterior te quedaste unos días sin colegio porque se había muerto Franco. Tú no sabías muy bien quién era, pero recuerdas que tus tías bajaban la voz cuando pronunciaban su nombre. No se te olvida. Tampoco se te olvida aquel señor feucho con bigotillo que lloraba en televisión. Aquel mes de julio lo recordaste; se llamaba Arias Navarro y había dimitido unos días antes. Tú no sabías muy bien qué significaba aquello de dimitir pero recuerdas que lo sustituyó un hombre joven llamado Adolfo, parece que estás oyendo a tu madre: ¡Qué guapo es y qué bien habla este Suárez! 
         Aquel día de julio te sentiste mayor. Había jaleo en la calle, y tu padre te dijo que te llevaría con él a la manifestación por la amnistía de los presos políticos. Tú no tenías ni idea de qué era aquello, pero te sentiste importante, parte de una historia que comenzaba. Camino de la Puerta Jerez, viste pasar a mucha gente: llevaban banderas, globos, pancartas... Tanta gente te recordó las cofradías de media tarde pasando por allí en Semana Santa, pero aquello parecía diferente. Junto a la fuente de los niños meones había cientos, miles de personas. Gritaban pidiendo amnistía para los presos políticos. Tu padre gritaba pidiendo libertad. Y tú no comprendías nada. Pasaste algo de miedo cuando unos policías vestidos de gris se pusieron unos cascos como el de la moto de tu tío. Pero no pasó nada. Camino del puente de Triana recuerdas que alguien hizo una foto al principio de la manifestación. La guardas como parte de tu historia. Cuando hoy abres tu álbum, treinta años después, sigues conociendo a muchos de los que gritaban. Allí estaba Alfonso Guerra y sus patillas, Felipe González y su chaqueta, Rojas Marcos y su camisa de cuadros, Pérez Royo con aire de colegial, Manuel del Valle con cara seria, Manuel Chaves, Ana Ruiz Tagle, Antonio Zoido, Benítez Rufo, Manuel Delicado... Fue el día 11 de julio de 1976. El día que comenzaste a ser mayor. El día que te sentiste parte de una historia que comenzaba.

10.7.13

10 DE JULIO. EL GIGANTE

He abierto el almanaque y he visto tu nombre. Al cerrarlo me he acordado de los que me dicen que nunca exististe. Quizás seas fruto de la imaginación, quizás seas sólo una leyenda o el cuento de un viejo gigante de nombre extraño... Quizás sólo seas un símbolo que nunca se hizo de carne y hueso. Pero a mí me parece que eres un vecino eterno de mi ciudad. Y es que alguien tan grande no podía pasar desapercibido...
Al cerrar el almanaque he dejado volar la imaginación...turismo virtual que lo llaman... Te he visto en tantos lugares...
Alguien te pintó en una tabla en el siglo XV, con unos panes de oro para decorar el convento de San Benito de Calatrava. Todavía te conservan el Museo e incluso te han restaurado en los últimos años. Un Dios de la madera te hizo en tres dimensiones y te colocó en la parroquia del Salvador. Estoy deseando volver a verte allí, que creo que también te restauraron. Pero tu grandeza está sobre todo en la Catedral. Allí si que eres un gigante: Colón, a tu lado es un enanito y llevas casi quinientos años viendo desfilar eminencias y escuchando a los que dicen que tienes seis dedos o a los que cuentan que eres primo de Atlas... Y es que tú también cargaste el mundo a tus espaldas...
Pero yo me quedo con tu presencia en los conventos. Estás encerrado en Santa Clara y estás a la vista en Santa Paula. Allí un viejo portero me contó tu historia. Me dijo que tenías un nombre extraño, Réprobo y que procedías de Canaán. Eras alto y tan fuerte como un gigante. Estuviste tentado por el demonio pero un ermitaño te hizo ver la vida de otro modo. Te dijo que si ayudabas a cruzar un río con los caminantes a tus espaladas acabarías encontrando a Dios. Aquello te gustó. Al fin y al cabo te permitía mostrar a todos tu fuerza. Ganabas un buen dinero y todo el mundo hablaba de ti, de la facilidad con las que cargabas a las personas sobre tu hombro. No se te olvidará aquel día. Un niño te pidió que lo llevaras al otro lado del río. Era muy pequeño, no te costaría trabajo. Pero cuando ibas por la mitad del cauce casi no podías más. Recuerdas que le dijiste:
“Mira niño, pesas como si llevara el mundo encima”.
- El te respondió:
“No sólo llevas al mundo, sino a su Creador. A partir de ahora te llamarás Cristóforo, el que porta a Cristo, y tu vara florecerá en al orilla del río”. Desde entonces eres un símbolo de muchas cosas. Cuando hoy me monte en un taxi y te vea en una medalla con un Niño Jesús y tu vara florida recordaré dos cosas. Una, que las cosas más grandes aparentan ser las más pequeñas. Dos, que son muchos los que se siguen echando el mundo a su espaldas. Quizás por eso siga funcionando. Por eso existes, San Cristóbal. Por eso hoy nos acordamos de ti

7.7.13

7 DE JULIO. ¿PINTURA O ESCULTURA?



     Una pegunta que desde el siglo XVI se habían hecho los grandes teóricos del arte. La duda continuó en el siglo XVII. Dos artes manuales, algo no muy bien visto en una sociedad que aspiraba a no trabajar. Y menos con las manos. Donde estuviera un título nobiliario que se quitara la creación. Que se lo preguntaran a Diego Velázquez... Aunque el que respondió fue su suegro. Un día como hoy de 1622.
     El influyente pintor Francisco Pacheco, autor de la policromía de diversas obras de Montañés, publicaba en julio de 1622 unas curiosas páginas resumidas en un significativo título: Sobre la antigüedad y honores del Arte de la Pintura y su comparación con la escultura, contra Juan Martínez Montañés. Curiosas páginas en las que defendía la preeminencia de la pintura frente a la escultura. En realidad, una cuestión que estaba zanjada desde hacía tiempo en Sevilla con el triunfo de las disposiciones gremiales que impedían la realización de una obra artística a alguien que no estuviera examinado por el gremio. Era obligatorio superar la prueba del gremio correspondiente para trabajar como pintor, tallista, retablista, escultor, fabricante de instrumentos y las mil y una categorías que entonces existían. Salvo Alonso Cano, examinado y conocedor de la pintura, la escultura y la arquitectura, pocos fueron los autores que se atrevieron a practicar varias disciplinas. Las rígidas normas gremiales así lo marcaban. Incluso impedían el trabajo de artistas que no estuvieran examinados por el gremio local. Que se lo preguntaran al mismo Zurbarán...
     Talla y dorado-policromía estaban, pues, separadas. Las ordenanzas gremiales de la ciudad eran claras: “...que ningún maestro entallador, ni carpintero, ni de otra calidad, no pueda tomar ninguna obra de pintura, salvo los mismos maestros examinados del oficio [de pintor]...”. ¿Por qué cargó Pacheco de forma tan rotunda contra Martínez Montañés? La respuesta estaba en el pulso planteado por el ya triunfante Juan Martínez Montañés. El día 6 de noviembre había contratado con las franciscanas de Santa Clara la talla de la arquitectura y la imaginería del retablo mayor de su iglesia en madera de cedro por un precio de 4.500 ducados. A los pocos días, contrató la policromía de la obra por sólo 1.500 reales. La polémica estaba servida. Un escultor se atrevía a policromar su obra. En el fondo latía otra cuestión: ¿Pintura o escultura?, cuestión solventada por Montañés a favor de la escultura, al tasar la policromía en un precio muy inferior. Fue una guerra perdida. En 1623, Martínez Montañés tuvo que ceder las labores de dorado y pintura al pintor titulado Baltasar Quintero.
     Marcador de la jornada:      Pintura: 1 – Escultura: 0.