3.8.13

EL ENTIERRO



La escena no era nueva en su vida: miradas amigas en torno al fallecido. Ya la había plasmado en la capilla de los Vizcaínos del convento de los franciscanos. En el Hospital de la Caridad incluso la enmarcó entre pinturas de Murillo y columnas salomónicas de su amigo Bernardo. Llanto sobre Cristo muerto mientras los ángeles arrojaban flores de santidad y las columnas doradas retorcían sus entrañas y sus pámpanos para ascender al cielo de la eterna caridad. Ascensión a los brazos de una madre con sus hijos. Otra escena que también enmarcó su propio entierro. En una capilla lateral de la iglesia de San Marcos, los asistentes al amortajamiento de Cristo miraban de refilón a la capilla del Rosario: el más grande escultor de su época dormiría definitivamente entre encalados muros mudéjares, retablos dorados y yeserías geométricas.
         Agosto de 1699. A punto de despedir siglo y monarquía, la ciudad decía adiós al genio que dominó la escultura desde mediados de la centuria. Todo pasó por sus manos, las de sus hijos o las de los miembros de su taller. Unas manos que habían firmado semanas antes testamento en su casa de la calle Beatos. Manos cansadas para recordar una vida intensa. No hubo olvidos: mencionó a todos sus hijos, ya casados, y recordó todas y cada una de sus obras. Le acompañaban su hijo Marcelino y su yerno José Felipe Duque Cornejo. Quedaba tranquilo. La saga continuaría y el nombre de Roldán se mantendría durante décadas unido al arte sevillano. Cansado pero reconfortado, entregó su alma a Dios en los primeros días de agosto. Descansaban unas manos que habían modelado a un Cristo Descendido, a una Nazareno abrumado por el peso de una cruz, a una Virgen sonriente que algún día sería la más venerada de la ciudad y a miles de retablos, cartelas, vírgenes y tallas de todo tipo. Hubo llanto sereno en su casa y hubo mayor dolor en lo rincones del hospital de Mañara, en la capilla de los Vizcaínos y en la parroquia de San Marcos. Entre una nube de incienso, su cuerpo fue trasladado a una cripta de la vieja parroquia de la calle Real en la tarde de aquel día de agosto. Manos de su taller, manos del gremio y manos de familiares lo portaron en el último momento. Amortajado, como él ya sabía. Con la placidez de un Cristo descendido. Con el ansia eterna del Crucificado que mira por encima de los muros de la judería. Con las manos cansadas y las alforjas casi vacías. Tenía setenta y cinco largos años. Descansaba eternamente Pedro Roldán. Hijas, hijos e imágenes lloraban su muerte. Quedaba su obra. Su arte. Su taller. Su nombre.
         Hay apellidos que dignifican la historia de la ciudad...