19.2.07

20 DE FEBRERO. CARNAVAL


Martes de carnaval. Todo era real. Martes de carnaval. Muere don Carnal. Martes de carnaval. Nada era normal. Martes de carnaval. Todo era especial.
Corrían los años de la República. Y aunque ya no había reyes, todo era real. La Alameda era una alameda, el albero del suelo era albero, el Casino de la Exposición hacía de casino y la ciudad vivía el carnaval. Una época en la que las putas eran mujeres y los Hércules muy hombres. Todo real. Menos un Betis que perdió su título monárquico. Todo real. Como la vida misma. Disfraces y máscaras para evitar lo normal.
En el casino militar de Sierpes, en el Olimpia de la calle Tarifa, en las Siete Puertas o en el Zapico, en la calle ó en el Kursal. Era martes de carnaval. Y todo era real.
Una noche especial. Actuaba la murga de Pujales pero todos los presentes esperaban otra cosa. Esperaban ver a aquel gitano de Chiclana que tanta guasa tenía. Se llamaba José María pero todos le llamaban Regaera, el más gracioso de todos lo murguistas de la ciudad. Tiempos en lo que estar loco era estar como una regaera. Y aquel personaje lo estaba...
Cuando salieron aquellos locos al escenario, el público empezó a reír. Dorado el Revoltoso contó unos de sus chistes con acento afeminado y con un toque pícaro final que metió al público en el bolsillo. Cuando Florido contó otra historia increíble el público continuó riendo. Y poco a poco, aquella murga de locos se hizo una piña con el público. Un público que llenaba aquel café en martes de carnaval. Un día de locos donde todos era especial Y el público gritando aquello de Rega rega, regaera. Saliste rodando por las escaleras... En medio de las risas y de los aplausos salió Regaera. El gitano vestido de negro con la flor en el hombro cambió el embudo de la cabeza por el gorro de un guardia. Eran tiempos en que los policías eran guardias. Silencio en la sala. Y atención. Mucha atención. Regaera cantó una historia que nadie olvidó: “la Cruz de Beneficencia, pide la España altruista, para un guardia de la porra, por salvar a dos modistas. En veloz carrera, un auto atropelló a las chiquillas, y si el guardia no lo evita, se hacen una tortilla. Con gesto de valor, y con la porra en la mano, se arrojó sobre el motor, aquel guardia urbano. Frenando de suerte el coche paró, y a las chicas de la muerte, con heroísmo salvó. Esta acción que al guardia honra, fue por todos aplaudida, y le besaban la porra, las chicas agradecidas...”
Risa general. Eran otros tiempos. La Alameda era la Alameda y los guardias tenían porra. Toro era normal. Era un martes de febrero. Martes de carnaval...