3.4.08

4 DE ABRIL. EL MAESTRO


Desde el año anterior el maestro no se encontraba bien. Ya tenía sus años pero seguía pintando y deslumbrando a la Sevilla de su época con sus santos, sus pícaros y sus Inmaculadas. Tenía muchos hijos que atender y muchos nietos para colocar en sus cuadros. Y en la Sevilla de 1682 para ser alguien había que tener un cuadro del viejo maestro.
Pero el viejo maestro andaba mal desde lo de Cádiz. Se empeñó en subirse a un andamio para hacer el retablo de Santa Catalina. Fallaron los reflejos y cayó al suelo. Un duro golpe. Sus biógrafos, en la lengua de la época, contaban que se le salieron los intestinos. Hoy lo llamaríamos una hernia. Aún así siguió pintando, aunque el viejo Bartolomé ya no era el mismo.
A pesar del dolor, el viejo pintor siguió con su vida. A finales de marzo colaboraba con su hermandad de la Santa Caridad en repartir pan en su parroquia, la de Santa Cruz. Sevilla era una ciudad de miserias que había que dignificar y el maestro lo hacía en sus obras. Tiñosos, leprosos y muertos se hambre se convertían en los protagonistas de sus cuadros. Y más de un pordiosero le prestaba la cara a uno de sus ángeles. Pero la muerte tiene otra cara. Y el viejo pintor la vio el día 3 de abril. También la vio Juan Caballero, su médico de toda la vida. Por eso llamó al párroco de Santa Cruz. En su lecho de muerte el maestro le habló al párroco de su conciencia y le pidió que le administrara los Santos Sacramentos. No le faltaban ilusiones ni Inmaculadas que pintar pero sus fuerzas se iban apagando. Cuando llegó Juan Antonio Guerrero el escribano, el viejo Bartolomé le dictó el testamento, nombró albaceas, recordó las obras que tenía encargadas y organizó las cuentas de la familia. Cuando le preguntaron por sus hijos Gabriel y Gaspar Esteban al pintor se le quebró la voz. La muerte le había enseñado definitivamente su cara.
El día siguiente, 4 de Abril de 1682, el viejo maestro fue enterrado en su parroquia de Santa Cruz. Así lo había dispuesto. Era la vieja parroquia de toda su vida, en la antigua judería. Allí había jugado de pequeño y allí se habían bautizado muchos de sus hijos. Allí estaba un cuadro que le sorprendía, el descendimiento de Pedro de Campaña. Debajo de aquellas viejas tablas fue enterrado mientras su Sevilla natal lloraba su muerte. En el libro parroquial el sacerdote dejó constancia del hecho: “Entierro de Bartolomé Esteban Murillo, un insigne maestro del arte la pintura”.
Siglos más tarde no queda ni la tumba ni la parroquia que derribaron los franceses. De sus cientos de cuadros la ciudad apenas conserva unos cincuenta. Su monumento tiene que ser limpiado de unos nuevos artistas que llaman grafiteros. Pero son muchos los rincones donde se mantiene la ilusión y la creencia en la belleza de aquel viejo maestro.

7 comentarios:

Entre San Bernardo y La Oliva dijo...

Gran texto amigo rascaviejas, me ha encantado ya que murillo es mi pintor favorito, por sus preciosos cuadros y por que fue uno de los pintores del siglo de oro que no se fue de la ciudad...

Un abrazo amigo rascaviejas.

Moe de Triana dijo...

Excelente relato miarma, merecido homenaje al gran artista.

Recuerdo un estribillo de carnaval en el que se le hacia mención, decia así:

Yo no veo mal que los artistas ganen dinero/porque el puchero de alguna forma habrá que poné/pero hay pamplinas que van de artistas con mucho cuento/y ganando parné/y mientras yo ya ves/a dos velas y sabiendo/que aquí se mató Murillo/pintando para comer...

¡Un saludasso rascaviejas!

P.D:Le hago saber que tiene una servessita pagá en la tasca.

Lorenzo Blanco dijo...

De los pocos casos que la ingrata Sevilla ha sabido dar sitio a uno de los suyos. A este, por suerte, le pusieron monumento, calle, jardines y hasta una barriada del extrarradio y siempre contó con el reconocimiento y admiración de todos. Otros no tuvieron la misma suerte. Apenas una callecita trasera y poco mas (vease Valdés Leal), aunque su obra ya es de por si un monumento a su memoria.

Lo de los corsarios de la Francia no tiene nombre, pero así es la historia y así nos la cuenta Rascaviejas.

Saludos

Dumuro dijo...

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el aguaó dijo...

La parroquia de toda la vida. La parroquia que conoció desde niño. La parroquia en la que se perdió de joven. El detalle del Descendimiento de Pedro de Campaña nos lo contó don Enrique Valdivieso hace ya años, con su ronca voz, cuando cursaba tercero de carrera:

"¿A qué estás esperando Bartolomé?", le preguntaba el párroco cuando lo descubría viendo esa imponente pintura, a lo que Murillo respondía: "A que acaben de bajar de la Cruz a Aquel Divino Señor".

Luego los franceses, con el odioso y despiadado ladrón de Soult a la cabeza, robaron y destruyeron todo lo que vieron conveniente. La parroquía de Santa Cruz pereció entre las llamas primero y fue convertida en plaza, por miedo a las emboscadas en el barrio del mismo nombre.

Gracias por recordar, amigo Rascaviejas, el legado de don Bartolomé Esteban Murillo.

Un fuerte abrazo.

herodes de la betica dijo...

Magnífico texto, para uno de los pinceles más ilustres de nuestra ciudad, y por fortuna reconocido. Pintor de niños e Inmaculadas, donde los haya.
Un saludo

Glauca dijo...

Leyendole... me doy cuenta de la diferecia entre contar o narrar la historia.