17.10.06

18 DE OCTUBRE. LA EPIDEMIA



El 18 de octubre de 1803 las autoridades sevillanas publicaron un edicto por el que se cerraba el acceso a la ciudad. Cuentas las crónicas de la época que se dejaron practicables sólo las puertas de Triana, el Arenal, la puerta de la Carne, la de Carmona y la de la Macarena. En ellas se colocaron vecinos honrados para ejercer la custodia de las entradas a Sevilla. Solo se permitió la estancia en algunos conventos de las afueras, lo que entonces se llamaba extramuros la ciudad. Las normas fueron muy estrictas: se imponían graves castigos y multas para cualquier vecino que acogiera en su casa, fonda, posada o mesón a alguien que procediera de Málaga. Se preguntarán ustedes cuál fue el motivo de aquellas medidas. ¿Es que acaso los políticos de la época ya se dejaban llevar por los estúpidos enfrentamientos provinciales de nuestros días? Claro que no, hace dos siglos no eran tan atrasados...
La razón estaba en la epidemia de fiebre amarilla que en aquellos días azotaba a la ciudad de Málaga, causando un gran número de muertos. Y Sevilla no olvidaba que tres años antes, en septiembre de 1800, había sufrido una de las peores epidemias de su historia. Comenzó en agosto, en Triana. Allí aparecieron los primeros síntomas de la terrible “fiebre amarilla de América o Typhus Icteroides”. De Triana se extendió el contagio a las zonas de los Humeros, San Lorenzo y San Vicente, para terminar contagiando a toda la ciudad. El río Guadalquivir fue la vía de infección y las contradicciones de los dirigentes aumentaron los estragos de la epidemia. Por una parte se incomunicó a contagiados y se cerraron incluso los teatros pero, al mismo tiempo, se permitieron innumerables procesiones, rezos, rosarios e incluso bendiciones públicas desde la Giralda. El resultado fue letal. La epidemia duró hasta comienzos de 1801 y las autoridades de la época dieron una cifra de más de quince mil muertos. Tal fue la mortalidad que se tuvieron que se hicieron dos fosas comunes, una el en Prado de San Sebastián y otras en la Macarena... Aquella epidemia de 1800 quedó como un símbolo para la ciudad. Torpezas políticas, imprevisión, lentitud en la toma de medidas... Parecen los males eternos de la política sevillana. Y el pueblo a lo suyo. Frente a la epidemia, las procesiones, las bendiciones, la parafernalia... Una reacción que Blanco White criticó en lo que parecía ser una sentencia eterna:: “Nos obstinábamos en la superstición, como si las perspectivas no fuesen ya suficientemente oscuras y deprimentes...”.
Sin duda una pesimista sentencia que sigue cargando la ciudad en demasiadas ocasiones...