11.12.06

12 DE DICIEMBRE. EL "VENENO"


Se llamaba José Rojas pero hacía tiempo que nadie lo llamaba por su nombre. Eso pensó aquella noche de diciembre, la peor noche, la última de su vida. Aquella noche, José, conocido por todos como “El Veneno”, supo que a la mañana siguiente sería ajusticiado en la Plaza de San Francisco.
12 de diciembre de 1832. El frío de finales otoño tocaba cada uno de los huesos de un temible bandolero que aquel día recordó los fríos de su infancia en Estepa, su pueblo natal. Aquella noche tocaba hacer memoria y “El Veneno” la hizo. Fueron muchos años al lado de José María el célebre “Tempranillo”, el bandolero más temible de todos los tiempos. Aquella noche recordó robos, asaltos, huidas y asesinatos. Días de gloria y de pasión. Una vida de violencia a la que llegó su fin cuando lo detuvieron aquellos escopeteros. Demasiados para un hombre solo. No había salida para él. Aquel día supo que su última noche estaba cerca. Y ya había llegado.
En el frío de la memoria El Veneno recordó que había intentado escapar de la sentencia colaborando con las autoridades. Lo que muchos llamaban traición: denunciar a sus propios compañeros. Pero aquello no le sirvió para lograr el perdón. La Regente había firmado el indulto de sus compañeros unos meses antes. Pero el suyo no. Y si no llegaba una carta urgente, aquella noche sería la última. Y la carta no llegó.
Por eso, al amanecer, El Veneno recibió la visita de un cura. Él no creía mucho en aquello, pero no pudo evitar contarle que la traición a sus amigos era lo que más le dolía. Incluso besó el crucifijo con aire de arrepentimiento. Momentos más tarde, dos soldados le cambiaban de ropa. El Veneno estrenaría una ropa nueva, amarilla, un signo de la gravedad de sus delitos.
En su camino a la ejecución El Veneno recordó los frío de Sierra Morena. Nada que ver con los fríos de aquella plaza de San Francisco. Cientos de personas se congregaban alrededor de la tarima. El Veneno llegó a imaginar cómo clavaba su navaja cada uno, cuello a cuello. Eso calentó algún rincón de su cuerpo. Cuentan que apenas se inmutó cuando lo sentaron delante de su verdugo. Fueron muchos los que lo llamaron asesino cuando le colocaban la capucha. Hasta que se hizo el silencio. Una vuelta de tuerca, otra más y un grito final. Traquea rota y muerte en el acto. El garrote vil acababa con la vida del más cruel bandolero.
Al día siguiente sus cuerpo fue despedazado y esparcido entre Arahal y Morón, los lugares donde mas crímenes cometió. Dicen que un viento helado dispersó sus restos. Dicen que aquel día de diciembre murió el último bandolero.