9.9.08

9 SEPTIEMBRE. TIERRA PROMETIDA



Fraternidad, justicia y trabajo. Bellas palabras como lema para un bello y mísero país. Las palabras se las lleva el viento. Porque aquellas dos almas, a pesar de su juventud, llevaban toda un vida sintiendo que aquel lema no se cumplía: no sentían la igualdad de un hermano en sus políticos, no notaban el equilibrio de la justicia en el día a día de sus vidas y, casi lo peor, no tenían acceso al trabajo. Hambre en el estómago y hambre de justicia. Una situación límite para buscar una salida desesperada. Fuera de aquella tierra lejana...
Planearon con tiempo el escondite. Aquel enorme barco del puerto de Kotonou era el elegido. Tenía bandera turca. Les habían hablado de unos huecos que se formaban entre la carga, el espacio suficiente para aguantar el tiempo que fuera necesario. Y estaban dispuestos a aguantar lo que hiciera falta.
Cargados de esperanza, aquellos polizones de la miseria se hicieron un hueco entre la carga: toneladas de trigo, el pan de muchos agraciados camuflando el hambre de dos desgraciados. Metáfora trágica de la vida...
El viaje no fue largo. Fue eterno. Ocultos entre la carga, se acostumbraron a respirar poco, a beber menos y a comer casi nada. Se imaginaban a sus antepasados cargados de cadenas camino de Brasil y se sentían reconfortados por el peso de su único bien. El de su libertad. No tenían otra posesión. El mundo exterior había quedado reducido a los sonidos que les llegaban del otro lado del muro. Un muro de toneladas de trigo que oprimía hasta el último rincón de sus hambrientos corazones. Sonidos lejanos que fueron dibujando un largo recorrido: la calidez del golfo de Guinea, la sequedad del Sáhara, el rezo musulmán de Marruecos... sonidos lejanos que día tras día se hicieron más imperceptibles. La vida se iba convirtiendo en un puro espejismo para dos almas anónimas en un rincón del mundo. Quizás llegaron a sentir la entrada en aguas de un río que alguien llamó grande. Río de vida hacia el interior de un nuevo continente. El destino estaba cercano. Una tierra de promisión que se intuía en aquellas palabras lejanas tras la carga: hablaban de una ciudad hermosa, luminosa, llena de Esperanzas... Fin de trayecto y descarga en el puerto. En el aire se oyó la palabra Sevilla. Hubo oídos que no oyeron y almas que no sintieron. Cuando retiraron la última tonelada de carga, alguien descubrió la miseria de los polizones. Un rincón olvidado del mundo. Era un día de septiembre de 2001. El trabajador escupió al mundo una dura realidad:
- ¡Eh, venid, aquí hay dos negros muertos!
Dos almas anónimas. Nuca se supo sus nombres. Los nombres se olvidan...

6 comentarios:

Rascaviejas dijo...

Ya saben que siguen pudiendo elegir su historia particular. La lista de la entrada anterior sigue incompleta, a cada momento se nos ocurre alguna dedicatoria más. Pero todavía tienen tiempo. Muchas gracias a todos por la colaboración y el interés (...esto suena a charlita pedagógica...)

Anónimo dijo...

Manuel Jesús, esta última me la podías dedicar a mi. "Mi ideario es breve: un ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes".

José Enrique Lozano

NATURAL DE SEVILLA dijo...

hay algo más noble que la libertad en dejarse morir asfixiado por ella. ¡ay, profesor mi profesor!.

el aguaó dijo...

Hay veces que las efemérides nos traen recuerdo amargos, pero muy a tener en cuenta.

Muy buena entrada amigo Rascaviejas.

Un fuerte abrazo.

Rascaviejas dijo...

Señor Lozano, creo que llegó usted tarde a esta dedicatoria, pero le reservo otro texto...

Anónimo dijo...

El que tu decidas.

José Enrique