13.3.08

APASIONADO


Admiraba la imagen. Veía en ella la perfección. Era capaz de dibujar con la imaginación hasta su último recoveco: perfección en las manos, perfección en las cejas, perfección en la mirada, perfección en el equilibrio de sus pies, perfección en sus medidas, perfección en su trono de plata...
No escatimaba elogios hacia la talla. La comparaba con las grandes obras clásicas que tanto admiraba: el clasicismo griego de Fidias, la perfección de Rafael, el equilibrio del primer Donatello...Porque para él Martínez Montañés estaba a la altura de los grandes. Y su nazareno tenía que ocupar un lugar grande en la historia del Arte. Por eso solía citar el famoso texto del siglo XVII: “una imagen que será asombro de los siglo venideros...”. Revestirse de negro ruán era para él un cometido en el que pesaba la responsabilidad. La perfección debía conservarse por los siglos de los siglos. Por eso estudió la forma de cubrir la talla en caso de lluvia, analizó la rapidez con la que se debía actuar, pormenorizó vientos, humedades y temperaturas. Más que un nazareno era un cúmulo de datos y un cúmulo de análisis. Todo perfección. Ninguna oración. Como el antiguo poeta “había que ser sublime sin interrupción”. Eso mantendría para los demás y, quizás algún día, le haría partícipe de la devoción.
- “Quizás mañana”, solía decir...”Mañana, para mañana decir mañana...”, que también diría otro poeta...
Aquel jueves se presentó difícil. Cobijado por la grandeza cavernosa de la nave barroca oyó el propósito: alta probabilidad de lluvia. No se emocionó pero sí se tranquilizó. Con toda seguridad no saldrían. Su perfección estaba a salvo. O no... Cuando vio repartir la cera roja no daba crédito: la cofradía salía a la calle...
Más que un nazareno era un cálculo de probabilidades con capirote. De Pasión pero sin pasión. Con la frialdad del analista financiero o del científico. Con la frialdad de una tarde que pronto comenzó a cerrarse. La esquina de la calle Cuna ya le permitió hacer un pronóstico. Pocos metros más adelante caían las primeras gotas. Su engranaje mental comenzaba a funcionar. Prisas en el cortejo y la peor de las tendencias. Definitivamente estaba diluviando. Chicotá de infarto y llegada hasta la esquina del Duque. La imagen de su perfección chorreaba agua por sus mangas de terciopelo. El asombro de los siglo venideros estaba bajo una manta de agua. Había que poner en macha el plan establecido.
Apenas en unos segundos le llevaron la escalera. Diluviaba agua. Diluviaban gritos de histeria. Diluviaban emociones. Rápidamente subió al paso. Fuera antifaz y maniobra establecida: quitar las potencias a la imagen. Sin tiempo que perder. Quitó la primera y la segunda. En el tiempo previsto. Al quitar la tercera algo falló. El tornillo se atascó y, al salir la potencia, se hirió en la mano. Fuerte dolor bajo la lluvia. Sangre, lágrimas y agua. Entonces le dio por mirarle a los ojos. Perfección. Perfección hecha madera. Quizás mejor: hecha hombre. Fue un diálogo silencioso que nadie entendió. La belleza se había convertido en mansedumbre y lo sublime era un dios empapado por la lluvia. Nadie lo vio pero la emoción llegó a su rostro. Quizás llegó a llorar. La presencia de un Dios de madera había roto sus planes y había zarandeado sus sentimientos. El mañana había llegado. El nazareno de Pasión y el más desapasionado. Frente a frente. Bajo un diluvio. Como el de la emociones que afloraron de un rincón del corazón habitado por el olvido...
Quizás fue un segundo, quizás minutos o quizás aquello era la eternidad. El tiempo. Con el palermo y no sin grandes esfuerzos cubrió con un gran plástico la imagen. Había que volver a casa lo más rápidamente posible.
Cuando la cofradía regresó el nazareno volvió a su casa con el alma empapada. Dios había llegado por el camino más corto, por la regla más oculta. Aquel año dejo de admirar la perfección de aquella imagen: simplemente comenzó a creer en ella. Todo un Dios. Un Dios, vestido con en el terciopelo de la pasión, en el que poder creer...Por los siglos de los siglos. Apasionadamente...

2 comentarios:

el aguaó dijo...

Precioso amigo. La emoción me sorprende en cada texto. Has vuelto a superarte. Gracias a tu entrada y tu fiel descripción he podido contemplar la escena. Mientras leía mi mente reconstruía ese encuentro. Ese fugaz encuentro pero cargado de simbolismo. Sencillamente sublime.

Gracias Rascaviejas. Eres un crack.

Un fuerte abrazo.

P.D. La foto genial.
P.D.2. Hace años pero... le cogió un chaparrón a la altura de la Plaza de los Azahares en el '98 creo recordar, ¿es este?
P.D.3. Si se produce lo del libro, por favor, avísame amigo. Te vuelvo a repetir que aquí tienes un futuro comprador.

Entre San Bernardo y La Oliva dijo...

Precioso amigo Rascaviejas con este texto te ha vuelto a superar e incluso me has emocionado.Me estaba imaginando la escena de ese hombre encima del paso con la mano ensangrentada y mirando a la cara del cristo y se me ha puesto los pelos de punta...

Un abrazo y a disfrutar de estos ultimos dias de cuaresma que en 2 dias tenemos ya aqui la semana santa.