7.3.09

INMORTAL

Lo juro por el Santo Rey: en días como éste vuelvo a sentirme niño. Adiós a los siglos de historia y de historietas, a los personajes y a los personajillos, a los grandes hechos y al hecho de ver pasar el tiempo por cada esquina de mi piel. Un niño de la cabeza a los pies, desde la huerta de un rey más infante que nunca, hasta los cañones de la vieja fábrica, hoy pirotecnia de ilusiones en el atardecer del día que es mi día. Sí, ya sé que en las páginas de los almanaques del corral de Barilla ,o en el de la puerta de la peña, o colgado en una alcayata del corral de Santa Justa está marcada mi onomástica en un día de agosto. Mi día con fiesta solemne en la casa mayor y misa con capa pluvial, que el cura no entiende de calor ni de las calores, que bien que se abanican las pobres vecinas entre los avemarías y los tantum ergos. Día de fiesta pero compartida. Con demasiado desconocidos, un tal Erberto, un Filiberto, una Brígida y un tal Samuel; todos muy santos y devotos, abades, reyes y hasta profetas. Pero mi día no es ése, Váleme Dios y su bendita Madre que bien lo sabe. Mi día es un miércoles de primavera, el que endominga a mis vecinos y el que me hace volver a mi primera infancia. Incluso mi juventud. Aquella en la que me decían que sólo estaba pendiente de Cristo, que sólo era el loco por Cristo. Algo tendrían de adivinos, digo yo. Porque esa locura, ese mal que no tiene cura se manifiesta en mi día... Mi miércoles. El santo del Santo. Desde la primera hora a la última. Clarea la mañana y una luz especial parece invadir cada uno de mis poros; enloquece el Santo Rey y enloquece el cojo de su corral, enloquece el gallinato afrentamoros y enloquece hasta la cofia que usaba Garci Pérez de Vargas. Locura infantil. Volver a ser el niño que algún día fuimos. Dicen que hasta el viejo alabardero de la fábrica, el veleta ése que siempre apunta con su espingarda mohosa, se reviste con la casaca de la ilusión. La ilusión de vivir un día de grandes faenas, como las de Canelo, o las de Narváez o las de Pepe Luis. Desde primera hora me pongo el mundo por montera y me dispongo a brindar a un cielo bordado de terciopelos y sedas de colores, afrontando el peso de mis siglos con un volapié que ni el mismo Costillares... Juro que hoy he vuelto a sentirlo. ¡Que se levante el campamento de las emociones, que el Cristo que duerme va asurcar cada rincón de mi piel!. Un banderín para proclamar a los cielos realezas y realidades, emociones del que pacta con viejos diablos la eterna juventud del niño que siempre quiero ser y que hoy soy y que seguiré siendo. Niño de raya marcada y corte a navaja, con el agua de la colonia de los geranios de los viejos balcones de la calle ancha, con el cuello almidonado por las mujeres tras los pesados portones, con el recato de las niñas cogidas de la mano ante el sonido seco de tambores destemplados y con la insolencia de los no tan niños a los que hoy les plancharon camisas con el blanco de los mejores deseos. Juro que la infancia ha vuelto a mis entrañas y se ha esparcido por todos mis rincones, que no hay vía de tren ni puente que pueda con mis emociones, ni capa que puede envolver mi felicidad. La he sacado a la calle entre aromas de incienso, sudores de mediodía y humedades de rincones donde parece sestear el olvido. Y la felicidad se ha hecho botonadura de capa y farol de cruz de guía, y banderín con Santa Bárbara y con su torre, y remolino de cirios morados, y compostura de capa pluvial con bonete, y remolino de monaguillos, de acólitos y de soldaditos de pavía custodiando al viejo Dios dormido sobre canastilla barroca. Juro que cuando sonaron las corneta y los tambores me sentí liberado del peso de mi historia y me eché a la calle a cangrejear entre infancias presentes calzadas con zapatos estrenados el domingo y reinventados para el día de mi fiesta. Juro que allí me he sentido uno más. Adiós a la historia, a la tradición y a la regla, que no hay más rito que el que imponen el lento rachear del paso del tiempo sobre una canastilla dorada. He llevado mis sentimientos y mis dolores delante de ese Dios muerto y le he jurado volver a ser el que siempre fui y le he agradecido seguir siendo, seguir resistiendo y seguir viviendo. He escuchado a niños pedir cera y platos calientes, he sentido la mirada de infancias en blanco y negro subiendo al cielo entre caracoleos de guardabrisas, he notado las esperanzas de ojos cortos de vida entrelazadas con los lirios y los claveles de la maldita existencia cotidiana. He sentido. He vivido. He renacido. He subido por el puente neobarroco en un revuelo de capas, de inciensos y de ilusiones. He escoltado a toda un barrio que se ha hecho carne. Carne de mi carne. Infancia de mi infancia. A pesar del paso de los siglos. Que ya ha pasado tiempo desde que el viejo cardenal tuerto me hizo rejuvenecer. Tambores, cera y caramelos para volver a hacerme niño en tiempo de ilustraciones. Una cofradía de niños para hacerme un niño eterno. Subiendo el puente de mi existencia, de mis problemas y de mis nostalgias. Juro por el Dios que me da Salud que hoy encontré el Refugio de mi niñez. El niño que fui y que quiero seguir siendo cada Miércoles Santo. Juro que ni llamas, ni abandonos, ni olvidos ni especulaciones podrán conmigo, ni con el niño que llevo dentro. Como Bernardo que me llamo...

7 comentarios:

Juanma dijo...

Dios mío de mi arma, qué cosa más bonita...qué bien te sienta superar un par de minutos.

Un abrazo, querido Manuel Jesús.

Lacava dijo...

ÓLE... Por Bernardo y sus cojones.

Que bonito es su Anual reencuentro.

NATURAL DE SEVILLA dijo...

Ofú maestro; se má metio argo mú grande en losojo. Pérate, que lo via leé otra vé. y ar que no diga ¡ole! que...lo coja er trole.

J. Iván Martín dijo...

Amigo Rascaviejas ya hace mucho que no te escribo... pero esta vez no podia resistirme por esta pedazo de entrada que le has regalado al barrio y a la hermandad de mis amores.

Un abrazo

Pepe Luis dijo...

Aromas de San Bernardo que por mas que pase la vida y la ciudad cambie, permanecen siempre cuando la luz del miércoles santo se desparrama por el puente y la Virgen del Refugio hace la revirá de Gallinato para tomar, rodeada de su gente, la calle Ancha de su barrio.

Anónimo dijo...

Ojú. Me he emocionado, que belleza sr. Roldán. Esta hermandad y este barrio son muy grandes.

Alejandro Gil

Anónimo dijo...

Por cierto, cada vez que veo una foto de San Bernardo por el puente busco si están mis abuelos de niño, como el Bernardo del relato.Una buena manera ve sentir que la Semana Santa es el tiempo sin tiempo del niño

Alejandro Gil