15.3.13

TIERRA DE NADIE




Desde pequeño, los profesores le insistieron: no llegas por muy poquito. Unos le decían que no valdría para el Bachillerato y otros que no llegaría a la Universidad. Un eterno límite. Pero llegar, llegaba, aunque no creyeran en sus capacidades...
En estos días siente que vive en un límite constante. Y llega a pasarlo mal. Porque, en cuaresma de corporativismos, todos lo ven como un sujeto negativo: éste, no es de los nuestros. En la casa hermandad escucha la tantálica frase que es rito no estudiado: la hermandad está abierta todo el año. Y se lo dicen mientras le cierran la puerta en las narices. Pero con la papeleta en el pecho sabe que llegar, llegará, aunque en el camino se encuentre un vía crucis de recordatorios. Los litúrgicos le recordarán su ausencia en el Quinario. Los eruditos remarcarán que no conoce a los autores de los respiraderos del palio. En la tienda de capirotes marcarán las medidas de su desconocimiento. Los teólogos de salón lo catalogarán como un relativista moral, un sujeto dominado por el laicismo imperante o un seudofolclórico sin copla que se precie. Los talibanes de sacristía denunciarán su supuesta superficialidad y la vaguedad de sus creencias. Los revolucionarios de  brasero y pecé de diseño lo tildarán de capillita rancio, modelo del atraso secular de la ciudad. Sólo el sabe que llegar, puede llegar, y que capacidades le sobran para sentir a Dios, en la tarde y en la noche; para orar, en el blanco y en el negro; para la emoción, en el silencio y en la música. Se ha puesto un capirote por montera y puede llegar a entender el mundo. Aunque sólo sea un día. Aunque lo llamen capirotero: una pieza angular de la Semana Santa. Un respeto.  

ABC 14 marzo 2013