21.11.06

22 NOVIEMBRE. LA RIADA


Cuentan las crónicas que aquel año, el día 22 de noviembre cayó en miércoles. Año del Señor de 1595. Todavía reinaba su católica majestad Felipe II, aquel rey bajo cuyos dominios nunca se ponía el sol. Sevilla era el centro del mundo. Y el centro de ese centro era su río, la vía de entrada del oro y de la plata, pero también la vía de entrada de epidemias, de ladrones y de riadas. Aquel miércoles 22 de noviembre fue inicio de una gran riada. Los más viejos del lugar no recordaban una lluvia tan intensa. Tanto creció el agua que, ocho días más tarde, día de San Andrés Apóstol por más señas, el agua llegó a una cruz que estaba a los pies del castillo de San Jorge. Era el castillo de la Inquisición. Allí se encerraban los miedos de los presos. Pero esta vez el miedo se acercó por fuera. Dicen que incluso pararon por unos días los potros de tortura y que más de un preso vio el agua como una señal divina del cielo que iba a acabar con sus penas. Triana estaba inundada. Pero no sólo Triana. Cuentan las crónicas que también creció el Tagarete, el otro río de la ciudad. Sus aguas entraron en la ciudad, por la Puerta de Córdoba, por la Puerta del Sol y por la puerta Osario. De nada sirvieron los tablones, ni el cierre de puertas. No era la primera vez ni la última. Y algunos tuvieron que abandonar sus casas. Los cartujos, habitantes de esa isla tan castigada por el agua tuvieron que abandonar, una vez más, su monasterio. Como el día de San Andrés todavía no habían bajado las aguas, en Triana decidieron sacar a su patrona, la señora Santa Ana. En unas andas, en medio de la piedad popular y de un impresionante silencio, la imagen fue llevada al Altozano. Y cuentan las crónicas que allí se produjo el milagro. Al llegar la vieja imagen medieval a la altura de las aguas fue Dios servido que las aguas comenzaron a menguar. Ese mismo día, los frailes carmelitas descalzos del colegio del Ángel, llamado de la Guardia por el cronista y hoy conocido como el Santo Ángel, salieron también en procesión de rogativas. Impresionaba verlos. Cubrieron sus cabezas con cenizas, en señal de penitencia, se amordazaron las lenguas y ataron sogas a sus cuerpos. Parecía Cuaresma en pleno mes de noviembre. Una procesión que impresionó a la ciudad. Tanto, que al regreso eran muchos los que acompañaron el silencio de los frailes. Y dicen las crónicas que Dios se apiadó de la ciudad gracias a estos benditos frailes y gracias a la intercesión de la señora Santa Ana. Y las aguas volvieron en poco tiempo a su cauce. El lunes 4 de diciembre volvió definitivamente el río a su madre y cuentan que la ciudad pudo dormir tranquila. Así llegó la historia a mis manos. 410 años después, así se la contó un servidor.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo cual demuestra que la procesión de Santa Ana es más antigua de lo que parece. Podría volver a recuperarse de forma anual. Cosas más raras salen todos los años...