Si hay algo que marca los días de Navidad es la ilusión: en el año nuevo, en lo que está por venir, en las fiestas, en la lotería, en los niños...En Sevilla hubo una persona que supo crear esperanzas en lo bueno que siempre está por venir. Tanto que llegaron a cambiarle su apellido y lo apodaron Ilusión. Jacinto Ilusión. Aunque su verdadero nombre era José María Izquierdo
Siempre que voy al convento de Capuchinos me fijo en su retrato. Es un azulejo que representa la coronación de la Pastora de Capuchinos en el año 1921, el mismo año en que murió nuestro retratado. Allí, rodeados de frailes, están José María Pemán, el padre Ardales, Ramos Rejano y el ceramista que pintó los azulejos, Enrique Orce. Es todo un cuadro en azulejos que tanto nos recuerdan a la Plaza de España. Y allí está el retrato de José María Izquierdo.
Había nacido en Sevilla un día de agosto de 1886. Como buen sevillano no se le puede definir de forma fácil: estudió Derecho, fue ateneísta, escritor, articulista, poeta...Escribió obras como Por la parábola de la vida, dedicada a la muerte de su hermano Ángel, aunque la mejor parábola de la ciudad la dejó escrita en su Divagación por la ciudad de la Gracia. Porque José María Izquierdo nos enseñó que Sevilla tenía la Giralda, el Guadalquivir y la Gracia. Entendida como se debe: la de un concepto profundo de aquel sevillano que sabe entender y analizar la complejidad de una ciudad, la de un idealista que llegó a lanzar las primeras ideas que luego recopilaría Blas Infante. Pero Izquierdo era alguien serio, nada que ver con aquellos que hoy confunden la Gracia con ser gracioso en el peor sentido de la palabra.
Cuando lo veo en el azulejo de Capuchinos recuerdo que Izquierdo murió joven, con apenas treinta y cinco años. Pero le dio tiempo a dejar a la ciudad uno de los legados más hermosos. Dentro de su labor en el Ateneo defendió la atención a los niños más desfavorecidos de una ciudad que se preparaba para una gran exposición, pero que seguía teniendo muchos focos de miseria. Y para esos niños miserables, este eterno niño creó la cabalgata de Reyes de la ciudad. Era entonces una cabalgata para los acogidos en el hospicio de San Luis, con Reyes pobres, con negros de verdad, con fotos en la plaza de toros y con ilusión, la Ilusión de su seudónimo.
Sea la época que sea, al ver su cara en Capuchinos me acuerdo de la historia que nos contaba Álvaro Pastor. José María Izquierdo esperaba ilusionado el paso de la cabalgata. Como un niño más. Esperando a ver sólo aquello que ha pasado ya. En su mundo. Divagando. Y en la espera, el propio Pemán le preguntó:
- Oye, José María: ¿Quién son este año los Reyes Magos?
A lo cual este eterno niño respondió:
- ¿Pues quiénes van a ser?. Melchor, Gaspar y Baltasar, los mismos de siempre...
































