15.2.08

ACORDEÓN


No era un tópico más: verdaderamente en la plaza no cabía un alfiler. La madrugada del Viernes se había despertado radiante y la entrada, no era un tópico más, se realizaría bajo un sol de justicia. Eran tiempos de estrecheces y de apariencias. Pocos oros a los que había que darle brillo. Menos nazarenos que había que estirar como un acordeón. Porque caber, lo que se dice caber, cabían en un palmito de terreno.
El diputado de cruz llegó a la hora más o menos convenida y realizó la ceremonia habitual. Tres golpes secos en la puerta de la vieja iglesia mudéjar. Quizás fuera el gentío, quizás las emociones, quizás algún despiste. Quizás la realidad fuera otra: no había nadie dentro. Tres nuevos golpes sobre el viejo portalón e idéntica repuesta. No había problema. Se pondría en marcha la otra opción.
En la plaza aumentaba la presión. Las viejas arquivoltas góticas parecían marcar un punto ascendente hacia el cielo. Quizás fuera el deseo de alguno: salir huyendo de empujones y sudores de media mañana. La presión aumentó con lo tambores que inundaron la plaza. Lo cual indicaba que el Señor de los Gitanos ya entraba en la plaza. Acordeón que se comprimía. Senatus que oprimía a cruz de guía mientras una masa de gorras y sombreros resoplaba entre los soplidos finales de cornetas y tambores. Faroles, cruz y senatus todo en uno. Nuevo teorema del tiempo y, sobre todo, del espacio. Tanto comprime uno como el otro. Aunque el tiempo se acababa. Posiblemente el espacio también. Porque el libro de Reglas había decidido forzar el teorema. Lenta maniobra y el Manué se volvió hacia sus gitanos. Una saeta mandó silenciar al pueblo cristiano de San Román. Presión contenida y quizás aumentada. Algún terciopelo más restó espacio ante el portalón Serían pocos, y menos en la entrada. Pero realmente allí no cabía nadie más. Voz del capataz y el Señor al cielo. Quizás el anhelo interior de muchos nazarenos. Presión en las emociones por el momento y ...por el espacio. El pueblo cristiano callaba ante su Dios...
Quizás por eso retumbaron aún más las palabras al aire del nazareno: “¿Se puede saber quién coño tiene las llaves?”

4 comentarios:

del porvenir dijo...

Te recuerdo unas palabras de Juan Moya García en su pregón, tal vez las que más retumbaron, como la voz del nazareno "Tú ya no serás "el Manué" si no Nuestro Padre Jesús de la Salud"

Entre San Bernardo y La Oliva dijo...

Preciosos el texto amigo rascaviejas... me encanta como termina: "¿quien coño tendra las llaves"...jejeje

Un abrazo.

el aguaó dijo...

De nuevo extraordinario querido Rascaviejas. Documento insólito.

Por cierto, el otro día me llevé una tremenda alegría cuando leí un par de artículos tuyos en El Cabildo. La revista estaba en casa de mi abuela, que mi tío se la había dejado allí, y no sabes lo contento que me puse.

Un abrazo.

Lorenzo Blanco dijo...

Yo tambien leí un artículo suyo en "El Cabildo" que acompañaba a una foto, en la que curiosamente aparecía esa misma iglesia de San Román, con cierto Paso de Misterio.

A ver si algún día nos trae esa foto con esa particular apreciación a que nos tiene acostumbrados.

Saludos