17.2.08

PUTA


“Virgencita, que tenga buena noche”.
Casi no llegaba a la categoría de oración, quizás una simple letanía que se repetía con la monotonía de la desesperanza. Pero ella se la lanzaba a la Virgen todas la tardes, con la inconsciencia de su contenido y con la amargura de su realidad. La puta realidad...
Solía mirar a la Virgen buscando contenido para una vida vacía. Porque el contenido de los que entraban en su interior le producía asco. Un asco que tenía que soportar por un maldito parné para mantener una vida sin sentido y el sentido de otra vida con todo por delante. Palabras al viento y una mirada que la esquivaba perdiéndose por los vericuetos del barrio. Una mirada de dolor y tres lágrimas que se le clavaban cada tarde en lo más profundo. Dolor y dolor frente a frente. Pero ella sentía que la Virgen la escuchaba...
Una tarde más. Aunque fuera víspera del gran día. Al salir por el cancel camino de la maldita faena aspiró con fuerza el aire de la barreduela. La cera fundida y la maderas antiguas la perfumaron para el trabajo. Para otra noche de trabajo. Silla de enea y la desesperada espera. Babas de viejo maloliente, una noche más. Aunque aquella no lo fue...
Tenía otro porte, no era lo habitual. Menudo, con hermosos ojos negros, bigote y perilla cuidada. Un caballerito propio de otros barrios Al entrar apenas musitó una palabra pero se dirigió directamente a ella. Tuvo que desviar la mirada, como la Virgen de sus oraciones. Y en silencio lo acompañó a la alcoba, una noche más. Aunque quizás no lo fuera. Iba a desnudarse en cuerpo pero pronto comprendió que desnudaría su alma. El caballerito colocó dinero sobre su mesa y la paró bruscamente.
-“No vengo a esto. Sólo quiero pedirte una promesa...”-“Un tío raro” pensó. Pero confió en él. Lo escuchó y fue escuchada. Quizás como sólo lo hacía Una que le apartaba la mirada. Y le hizo la promesa: no trabajaría aquella noche. Ni la siguiente. Aunque quizás, con el sobre que encontró en la peinadora, no trabajaría durante mucho tiempo.
Eso pensaba al día siguiente mientras contemplaba el cortejo de nazarenos con la cruz al pecho. Un aire de estreno inundaba la tarde del domingo. Un año más. Quizás no. Recordó. Sintió. Sonrió. Bajo el terciopelo bordado creyó reconocer a un caballerito con bigote y perilla...

2 comentarios:

el aguaó dijo...

Precioso texto sobre una Magdalena que encontró aquel que la rescató.

Un fuerte abrazo.

Dama de sevillano nombre dijo...

Que hermosura!
Ojalá pueda disfrutar de Ella este año como suelo hacerlo.

Realmente precioso.